Desde que en 1996 fueron aprobados comercialmente los cultivos transgénicos, la apuesta constante por parte de muchos agricultores ha hecho que los transgénicos se hayan extendido de forma irresponsable por todo el mundo.

Los principales productores de cultivos transgénicos del mundo son los Estados Unidos, Brasil y Argentina. El caso europeo es excepcional, y la mayoría de países los han prohibido, a excepción de España, que es el único país de la UE que los cultiva a gran escala y acoge más del 40% de los experimentos que se realizan con estos.

Debemos tener en cuenta que las cifras son diferentes según la administración o la institución que las ofrece, ya que en España no existe ningún registro público de transgénicos, y la superficie sembrada se calcula en función de las ventas de semillas modificadas genéticamente declaradas por las multinacionales. Tampoco existe ningún registro o informe que valore los episodios de contaminación por transgénicos, y el decreto de coexistencia que plantea el gobierno español puede destruir el sector ecológico y convencional, ya que los consumidores no podrán estar seguros que no consumen organismos modificados.

Como consumidores debemos apostar claramente por la alimentación ecológica, y tener especial precaución con aquellos alimentos procesados y precocinados, ya que suelen incluir soja o maíz, que en muchos casos están contaminados. También hay que prestar atención al comprar productos lácteos y cárnicos, específicamente si los animales han sido alimentados con plantas genéticamente modificadas. La mayor parte de las plantas transgénicas acaban siendo pienso para animales.

«las toxinas se acaban acumulando en los consumidores de estos productos, con los graves riesgos para la salud que esto comporta»

El gobierno español debería establecer una moratoria a los cultivos con transgénicos, y analizar correctamente los riesgos de estos cultivos, tanto para los consumidores como para el medio ambiente. Las plantas y las semillas modificadas genéticamente se dispersan al sembrar, durante la cosecha, durante el procesamiento y luego a lo largo de las rutas comerciales en todas las direcciones.

Con esta dispersión se contaminan los cultivos convencionales y ecológicos, lo que puede dañar el suelo y el agua. Por ejemplo, muchos organismos modificados incluyen el gen de una bacteria que produce una toxina cuyo efecto es mortal para orugas como el barrenador de maíz o el gusano del algodón. El cultivo de estos transgénicos puede también aumentar el nivel de plagas secundarias tales como chinches y ácaros, organismos que generan resistencias a estos tóxicos y que a su vez deben ser controlados con más insecticidas. Así mismo, las toxinas se acaban acumulando en los consumidores de estos productos, con los graves riesgos para la salud que esto comporta.

La falta de un modelo estratégico de producción de alimentos respetuoso con las personas y el entorno que no sólo tome como único objetivo la cantidad por encima de la calidad del producto conduce a que España sea una excepción a nivel europeo. El uso de estos organismos de forma poco transparente, y sin la difusión de los efectos e impactos globales de estos cultivos, no permite una toma de conciencia ciudadana.

Finalmente, destacar que en los últimos años las variedades transgénicas no han sido más productivas que las convencionales, atendiendo exclusivamente a datos agronómicos, tan sólo se justifica un aumento de la superficie de variedades transgénicas por un aumento del marketing de las empresas de semillas transgénicas y por la ignorancia o bien malevolencia en no difundir, por parte de la administración estatal, los efectos nocivos de los cultivos y alimentos transgénicos y que se pone en evidencia cuando Europa va en una dirección y España en sentido contrario.

Autor: Enric Cortiñas, Presidente de la Asociación de Naturalistas de Girona

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