Los tampones son uno de los productos de higiene menstrual más utilizados en todo el mundo. Son una de las principales opciones para controlar el flujo menstrual en países como Estados Unidos (donde se estima que son utilizados por entre el 52 y el 86% de las personas que menstrúan), España o Francia. ¿Los motivos? La costumbre de utilizarlos, la comodidad o su facilidad de uso, a pesar de que múltiples estudios hayan identificado sustancias químicas tóxicas en ellos.

Plásticos y químicos, elementos principales
Del mismo modo que las compresas y los salvaslips convencionales, los tampones son productos fabricados con algodón, rayón, viscosa o una mezcla de los tres. Se distinguen de otros productos porque se introducen por vía vaginal con el objetivo de absorber y retener la sangre menstrual. Habitualmente tienen un núcleo absorbente, un cordón de extracción y muchas veces van acompañados de un aplicador, que suele ser de plástico.
Dado su uso continuado a largo plazo, los tampones han despertado el interés de la comunidad científica por analizar sus posibles impactos sobre la salud, ya que las paredes vaginales tienen mucho potencial de absorción química. A principios de la década de 1980, el brote de síndrome de shock tóxico (SST) provocado por un tampón superabsorbente hizo evidente la relación entre el uso de tampones y la exposición sistémica a toxinas. Y lo cierto es que muchos estudios han detectado diversas sustancias químicas presentes en tampones de producción convencional, como residuos de fragancias, ftalatos, parabenos, bisfenoles o glifosato, además de microplásticos y blanqueantes utilizados a lo largo de su producción.
Recientemente, investigadores de la Universidad de California han demostrado que el uso de tampones es una fuente potencial de exposición a metales tóxicos.
Detectan plomo y arsénico en los tampones
Publicado en la revista Environment International bajo el título «Los tampones como fuente de exposición a los metales(loides)», este estudio pionero analizó 30 tipos de tampones desechables de 14 marcas distintas, que correspondían a 18 líneas de productos y a cinco absorbencias diferentes. El objetivo era comparar las concentraciones de metales y metaloides según sus características, por ejemplo: la región de comercialización, el material utilizado (ecológico o convencional) y el tipo de marca (marca propia o marca blanca), entre otros parámetros.
El uso de tampones es una fuente potencial de exposición a metales tóxicos
En concreto, se evaluaron 16 substancias: arsénico, bario, calcio, cadmio, cobalto, cromo, cobre, hierro, manganeso, mercurio, níquel, plomo, selenio, estroncio, vanadio y zinc. En los resultados se encontraron concentraciones medibles de varios metales tóxicos, incluidas concentraciones medias elevadas de plomo, cadmio y arsénico.
Durante el análisis químico se detectaron diferencias significativas en las concentraciones de algunos metales en función de si los tampones eran ecológicos o convencionales. Por ejemplo, los niveles de plomo, bario, cadmio, cobalto y zinc eran mayores en los tampones clásicos en comparación con los de producción ecológica.
«No existe un nivel seguro de exposición al plomo; cualquier proporción que pueda filtrarse de un tampón y alcanzar la circulación sistémica podría contribuir a resultados negativos para la salud», advierten los investigadores, y añaden que esta sustancia «está asociada a numerosos efectos adversos neurológicos, renales, cardiovasculares, hematológicos, inmunológicos, reproductivos y sobre el desarrollo».

En sus conclusiones, el equipo de expertos subrayó que en los tres organismos gubernamentales donde compraron los tampones para realizar el estudio —Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido—, las normativas relativas a este tipo de productos no eran extensas ni exigían pruebas regulares para detectar sustancias químicas.
«Nuestros hallazgos apuntan hacia la necesidad de una normativa que exija a los fabricantes el análisis de los metales presentes en los tampones. Esto es especialmente importante si se tiene en cuenta que encontramos cantidades mensurables de varios metales tóxicos que no tienen un nivel de exposición ‘seguro’ conocido», apuntan los investigadores.
Los niveles de plomo, bario, cadmio, cobalto y zinc eran mayores en los tampones clásicos
Alternativas para un cuidado menstrual más seguro
Ante las preocupaciones del potencial riesgo que estas sustancias pueden tener para la salud, son cada vez más las alternativas ecológicas a los productos menstruales convencionales. Los tampones fabricados con algodón 100% ecológico certificado, así como las compresas de tela y las bragas menstruales, se van sumando al gran abanico de soluciones sostenibles para la menstruación que cada vez convencen a más usuarios.
Se trata de productos elaborados con materiales certificados por entidades y organismos reconocidos, como la Norma Textil Ecológica Global (GOTS). Esta norma, fundada por Organic Trade Association, Internationaler Verband der Naturtextilwirtschaft, The Soil Association y Japan Organic Cotton Association, es la principal norma mundial de procesamiento textil para fibras ecológicas que incluye criterios medioambientales, además de establecer que «los insumos estarán ‘libres de metales pesados'» y que «las impurezas no superarán los valores límite definidos». Una transparencia que ofrece a los consumidores la posibilidad de elegir productos verdaderamente ecológicos y sin metales.
«Los hallazgos de este estudio son tremendamente valiosos porque dan a las personas la información que necesitan para elegir lo que es mejor para su cuerpo y para que más empresas se responsabilicen», afirma en un comunicado la fundadora de Natracare, marca británica pionera en la producción de tampones ecológicos, Susie Hewson.
Autora: Ariadna Coma, Periodista
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