La existencia de vida en nuestro planeta depende del vínculo entre el suelo y el agua. En el libro “Como el agua -colección de Haikus-” del poeta dominicano Montás, leemos que el agua “todo conecta y puede darse el lujo de ser vapor, niebla y nebulosa, ascenso y descenso, caída, sacudida y recuperación”; lo que en palabras menos poéticas nos habla de un proceso cíclico natural debido a la acción de la energía del sol y la fuerza de la gravedad, que conlleva cambios no sólo en su estado -sólido, líquido y gaseoso- si no en su localización.

hidrología del suelo
123rf Limited©egubisch

El planeta contiene unos 1.385 millones de km3 de agua; de ellos aproximadamente el 97% es agua salada, el resto corresponde a agua dulce que se distribuye entre diferentes depósitos: los casquetes polares, los ríos, los lagos, los acuíferos subterráneos y la atmósfera. En la mayoría de ellos, no sólo se almacena, sino que se purifica y se recicla y permanece diferentes periodos de tiempo.

El suelo no se considera un depósito como tal, sin embargo, es un almacén natural para el agua y el responsable junto con la vegetación de la estabilidad del ciclo y de su calidad —no olvidemos que el suelo es un filtro para el agua-.

En el suelo el agua se infiltra y llena los macro y microporos, y es retenida al estar sometida a la tensión de las fuerzas de succión; por otro lado, el agua sobrante, debido a la gravedad, percola y recorre el camino descendente hacia capas más profundas y aquí puede pasar a formar parte de las aguas subterráneas o moverse en dirección lateral, dependiendo de la topografía del terreno, alimentando ríos y arroyos.

El camino ascendente viene de la mano de la evaporación, pasando el agua a la atmosfera en forma de vapor, bien desde el propio suelo por capilaridad, desde las hojas de las plantas, en un proceso denominado evapotranspiración o por sublimación -paso de sólido a gaseoso- en la superficie de los glaciares.

El papel de las plantas es al menos sorprendente, ya que más del 90% del agua que absorben desde los microporos del suelo la pierden por evaporación a través de sus estomas debido a la energía del sol y sólo el 10% la utilizan para su metabolismo y desarrollo. En ese pequeño porcentaje está incluido el uso del agua como fuente de protones y electrones en la fotosíntesis, lo que nos proveerá de oxígeno y alimento -total nada-. Del otro gran porcentaje depende la absorción de la mayor parte de los nutrientes del suelo a través de los sistemas radiculares por la fuerza de la transpiración y la regulación del contenido de vapor atmosférico, lo que va a tener implicaciones esenciales en el clima.

Volviendo al suelo, igual que pasa con el carbono con respecto al agua podemos hablar de suelos que retienen y la hacen disponible y suelos que no realizan esta función -suelos desnudos, degradados o en fase de degradación-.

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123rfLimited©serezniy. Tierra rica en nutrientes

La ONU, en el día mundial del suelo, nos dice que un metro cúbico de suelo sano puede retener más de 250 litros de agua; en este contexto ¿qué necesita un suelo para ser considerado como sano y “cosechador” de agua?, pues todo aquello que le permita ser un hábitat para la vida, es decir presentar contenidos adecuados de materia orgánica que actuará como una esponja, una estructura y agregación estables que permiten macro y microporosidades, biodisponibilidad mineral, presencia de sistemas radiculares activos y biodiversidad funcional actuando en cooperación sinérgica.

La buena noticia es que a nivel agrario podemos actuar a través de prácticas de gestión que prioricen manejos enfocados a la salud y la conservación del suelo: el mínimo laboreo o el no laboreo, el aporte de materia orgánica en cantidad y calidad, el uso de cubiertas vivas o como mulching, la eliminación de fitotóxicos, la permanencia de una diversidad de biomasa aérea y radicular a través de la práctica de rotaciones y asociaciones de cultivo, la ganadería regenerativa, son sólo algunas prácticas que directamente mejoran la retención y calidad del agua.

En este contexto, el enfoque debe sobrevolar el escenario agrosistémico: la conservación de humedales, la preservación de un mosaico de biodiversidad vegetal que asocie lo natural a lo productivo, limitación a la expansión urbanística en suelos de especial interés o en zonas con escasez de recursos hídricos, preservar y hacer más eficientes los regadíos tradicionales “paisajes culturales del agua”, limitar la sobreexplotación del agua subterránea, potenciar la agricultura y la ganadería extensiva, son algunas de las acciones guiadas por el conocimiento y la experiencia.

Hacer eficiente y equilibrada esta permanencia, en un escenario climático cambiante en el que la tendencia es ir hacia temperatura en aumento durante periodos de tiempo más largos e intervalos sin lluvia cada vez más prolongados, requiere de la incorporación de nuevos paradigmas desde la ciencia que dimensionen el papel del suelo y de su gestión resiliente, desde la política que priorice la regulación de sus usos en base a su conservación y desde la ciudadanía que reconozca como la salud del suelo es un seguro no sólo para su propia salud sino también para su seguridad alimentaria y para la calidad del agua dulce indispensable para la vida.

En el poster de las Naciones Unidas que conmemora el día mundial del suelo, vemos una gran gota de agua y abajo el título “el suelo y el agua fuente de vida” expresando la necesidad de valorar y proteger ambos recursos conjuntamente, pues bien, me pregunto ¿cómo es posible que desde el año 2000 exista una Directiva Marco del Agua de la Unión Europea (2000/60/CE) y en este momento en relación al suelo, últimamente sólo tengamos una resolución del Parlamento Europeo 2021/2548 instando a la Comisión a proteger el suelo de manera determinante sin ningún valor jurídicamente vinculante? Intereses geopolíticos, la respuesta es “clara como el agua”.

Autora: Juana Labrador Moreno, Dra. en Biología y Profesora de Agroecología en la Escuela de Ingenierías Agrarias de la Universidad de Extremadura.

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