Cuando llega el final del verano, la uva se convierte en una de las grandes protagonistas del campo. Después de meses de trabajo, acompañar la evolución de las cepas y estar pendientes del calor, la humedad y el punto de maduración, llega el momento de cosechar.

La uva
©Marta Montmany

En Sant Jaume Sesoliveres, donde trabajo como campesino ecológico y socio de Hortec, cultivo principalmente dos variedades de uva de mesa con mucha personalidad: la Cardinal y la Fragola.

La Cardinal es una de las primeras variedades que cosechamos. Tiene granos grandes, de color rojo violáceo, una pulpa carnosa y una textura agradable. Es una uva muy llamativa, pero su valor no es solo el aspecto: cuando se cosecha en el momento adecuado ofrece un buen equilibrio entre dulzura y frescura. Con las uvas, el punto de cosecha es determinante. Hay que observar bien cada cepa y no precipitarse, porque unos días pueden marcar la diferencia entre una fruta todavía verde y una uva llena de sabor.

Con las uvas, el punto de cosecha es determinante. Hay que observar bien cada cepa y no precipitarse

La Fragola es una variedad muy diferente y especialmente apreciada por las personas que la conocen. Tiene un aroma intenso y muy característico, que recuerda a la fresa, y un sabor que sorprende porque se aleja del perfil más habitual de la uva de mesa. No es una variedad que se encuentre fácilmente en los circuitos comerciales convencionales, y esa singularidad es precisamente una parte de su valor. Para mí, cultivarla es también una forma de conservar diversidad y de ofrecer un producto con identidad propia, capaz de despertar recuerdos y de generar curiosidad entre quien la prueba por primera vez.

En Hortec, estas variedades se complementan con las uvas que cultiva otro socio de la cooperativa, como Victoria y Black Magic. Victoria es una uva blanca, de grano grande y alargado, con una textura crujiente y un sabor suave. El Black Magic, en cambio, tiene granos grandes y oscuros, una presencia muy atractiva y una dulzura marcada. Cada variedad tiene su ritmo, su apariencia y su perfil de sabor. Esta diversidad nos permite alargar la temporada y ofrecer diferentes opciones sin perder el vínculo con el origen y con el campesinado.

Cada variedad tiene su ritmo, su apariencia y su perfil de sabor

Producir uva ecológica exige mucha observación

La cepa es una planta sensible y hay que estar atento al equilibrio entre vegetación y fruto, a la ventilación de las uvas y al estado sanitario de la planta. No se trata solo de esperar a que el fruto crezca, sino de acompañar todo el ciclo, tomar decisiones en el momento adecuado e intervenir con criterio, respetando el suelo, la biodiversidad y los procesos naturales. En los últimos años, además, el calor intenso y la irregularidad de las lluvias nos obligan a adaptarnos constantemente. Las elevadas temperaturas pueden acelerar la maduración y hacer que la ventana óptima de cosecha sea más corta. Por eso, la experiencia y el seguimiento diario del campo son cada vez más importantes. El campesinado siempre ha trabajado observando el tiempo, pero hoy esta capacidad de adaptación es aún más necesaria. Consumir uvas de temporada y de proximidad es una forma sencilla de reconectar con este ritmo. Detrás de cada uva hay meses de trabajo, muchas decisiones tomadas en el campo y una cosecha que debe hacerse en el momento justo.

Cuando llega a la mesa en su mejor punto disfrutamos de una fruta fresca y sabrosa y, al mismo tiempo, damos valor a la diversidad, al campesinado ecológico y a un modelo alimentario más cercano y arraigado en el territorio.

Autor: Jep Serra, Socio de Hortec, Cooperativa de Producción Ecológica y Proximidad de Sant Jaume Sesoliveres.

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