Aunque sea el último capítulo de una serie dedicada a los factores que se requieren para una infancia saludable y plena, la naturaleza no es el menos importante de ellos, aunque muchas veces se pase por alto o se considere un lujo. El contacto con la tierra, los animales y otros elementos naturales mejoran la composición del microbioma, ese enorme conjunto de bacterias y otros microorganismos que tenemos repartido por nuestro cuerpo (la porción principal está en el intestino) y que tiene un papel fundamental en la defensa frente a infecciones y alergias. Los niños y niñas que viven en ambientes rurales tienen menos alergia y menos asma que los de las ciudades.

La exposición a la luz solar que ocurre al estar al aire libre ayuda a producir vitamina D. Al contrario que en los ambientes cerrados, como la casa o el aula, donde todo está cerca, en la naturaleza muchas cosas que nos interesan – un pájaro, un avión, las nubes… están lejos, lo que ayuda a ejercitar la vista y compensar tantas horas de lectura y de pantalla. La miopía cada vez es más frecuente en sociedades modernas y una de las razones es que en el día a día de las ciudades hay muy pocas ocasiones para usar la visión de lejos.
El contacto con la naturaleza también desarrolla otras funciones sensoriales y psicomotrices: por ejemplo, se ejercita el sentido del tacto, al tocar texturas diferentes como la arena, las rocas, las hojas y el tronco de los árboles. También los sentidos del oído y del olfato, ya que los sonidos y aromas son mucho más sutiles y complejos.
Hacer ejercicio en un medio natural es diferente a hacerlo en un gimnasio, donde todo está controlado. Por ejemplo, al hacer senderismo no solo andamos como lo haríamos en una cinta mecánica. Las irregularidades naturales del terreno nos obligan a prestar más atención y a ejercitar el equilibrio. Cuando estamos en contacto con la naturaleza nuestro cerebro produce endorfinas que mejoran el estado de ánimo y reducen la ansiedad y la hiperactividad tan comunes actualmente en muchos menores. Y no olvidemos que, el bosque, el campo, la playa, el parque… son sitios a los que vamos o nos encontramos con amigos o familiares, y no hay nada mejor para la salud mental y emocional que unas relaciones sociales cercanas y genuinas.
Aunque estrictamente los niños o las niñas no necesiten el contacto con la naturaleza para vivir, este contacto no solo les va a ayudar a desarrollarse más armónicamente y tener menos enfermedades, también les hará más equilibrados, seguros y felices.
Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra.
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