Pocas áreas de la nutrición generan tanta confusión como los alimentos enriquecidos, especialmente en la infancia. Desde leches “de crecimiento” con vitaminas y minerales añadidos hasta papillas de cereales y cereales de desayuno fortificados, pasando por galletas con hierro, yogures con omega-3 o batidos “energéticos”, muchos productos parecen transmitir el mensaje de que los alimentos normales no son suficientes para cubrir las necesidades infantiles.
La fortificación: una herramienta que ha mejorado la salud pública
Añadir nutrientes a los alimentos no es una moda reciente. De hecho, la fortificación ha sido una de las estrategias de salud pública más eficaces para prevenir enfermedades nutricionales durante todo el siglo XX.
Gracias a ella se han reducido problemas tan importantes como el retraso mental por deficiencia de yodo, el raquitismo causado por falta de vitamina D o algunos defectos congénitos asociados a niveles insuficientes de ácido fólico durante el embarazo.
Estas medidas surgieron para responder a necesidades reales: dietas poco variadas, limitaciones en el acceso a ciertos alimentos, pérdidas de nutrientes debidas a la sobreexplotación de las tierras de cultivo, a los sistemas de agricultura y ganadería intensivos o al procesamiento industrial de los alimentos, o deficiencias ampliamente extendidas en la población.
Por eso, la fortificación no debe verse como algo negativo. Al contrario, ha contribuido de forma decisiva a mejorar la salud de millones de personas, especialmente de niños y niñas.
La fortificación puede ser una aliada
En la alimentación infantil algunos alimentos fortificados pueden desempeñar un papel útil. Un buen ejemplo son los alimentos enriquecidos con vitamina D. Aunque nuestro organismo puede producir esta vitamina gracias a la exposición solar, muchos niños y niñas no alcanzan niveles óptimos durante todo el año, e incluir en su dieta algunos alimentos fortificados con esta vitamina puede contribuir a mejorar las reservas.
Otro ejemplo es la vitamina B12. Este nutriente es esencial para el desarrollo del cerebro y la formación de glóbulos rojos, pero no existe una fuente vegetal fiable que permita cubrir las necesidades infantiles en una dieta vegetariana o vegana. Afortunadamente cada vez más leches vegetales, yogures de soja, levadura nutricional y otros productos están fortificados con esta vitamina.
Un nutriente frecuentemente olvidado es el yodo, que procede de los alimentos marinos (algas y pescado). En muchos países, incluyendo España, los productos lácteos están fortificados con yodo y la sal está yodada, lo que ha contribuido a erradicar la deficiencia de yodo en nuestro país. Algunas leches vegetales empiezan a estar fortificadas con yodo para aportar valores similares a los productos lácteos, y esta es una opción excelente para niños-as y adultos que siguen dietas 100% vegetales. Para toda la población, usar la mínima cantidad de sal posible, pero siempre yodada, ayuda a alcanzar los requerimientos de yodo y evitar deficiencias.
La fortificación ha sido una de las estrategias de salud pública más eficaces para prevenir enfermedades nutricionales durante todo el siglo XX.
Las leches vegetales, además, se suelen fortificar con calcio para que aporten niveles similares a los de la leche de vaca. Este calcio se absorbe al mismo nivel que el de la leche de vaca.
Un área que se está desarrollando recientemente es la producción de alimentos vegetales ricos en omega-3 de origen marino (aceite de microalgas cultivadas de forma sostenible). Esto podría mejorar las reservas de este nutriente en toda la población sin tener que recurrir al pescado.
Cuando la fortificación se convierte en marketing
Sin embargo, no toda fortificación responde a una necesidad nutricional real. En las últimas décadas, muchos productos infantiles ultraprocesados han comenzado a incorporar múltiples vitaminas y minerales. Cereales azucarados, galletas, batidos o snacks quieren venderse como opciones saludables gracias a estos nutrientes añadidos.
En algunos casos, la fortificación se usa para tratar de compensar las pérdidas de nutrientes que se producen durante el refinado y el procesamiento industrial de los alimentos. El resultado es que un producto puede contener vitaminas añadidas y, al mismo tiempo, aportar cantidades elevadas de azúcar, sal, grasas saturadas y/o colorantes, saborizantes u otros aditivos innecesarios.
Hay que tener cuidado: un alimento no se vuelve saludable simplemente porque se le añadan unas cuantas vitaminas; siempre debemos mirar con lupa los ingredientes y la composición nutricional global.
La base de la alimentación infantil deben ser los alimentos vegetales integrales poco o nada procesados, y ecológicos cuando estén disponibles.
La importancia de la matriz alimentaria
Actualmente sabemos que no importan tanto los nutrientes aislados, o la suma de ellos, como los alimentos que los contienen y su estructura física y química –su matriz alimentaria.
Los alimentos integrales nada o mínimamente procesados conservan una matriz alimentaria que favorece la digestión, absorción y metabolismo de sus nutrientes de una forma que los ultraprocesados fortificados no pueden imitar. Las frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales aportan vitaminas y minerales, pero también fibra, antioxidantes y miles de compuestos bioactivos que actúan de forma conjunta y que todavía no entendemos del todo.
Por eso, la base de la alimentación infantil deben ser los alimentos vegetales integrales poco o nada procesados, y ecológicos cuando estén disponibles.
Como complemento a esta base, algunos alimentos seleccionados fortificados con vitamina D, B12 o yodo, pueden contribuir a un mejor estado nutricional, siempre que por otra parte sean en sí mismos saludables y nutritivos.
Ningún alimento fortificado debe utilizarse para compensar una alimentación desequilibrada, y ningún alimento ultraprocesado de mala calidad debería incluirse en la alimentación infantil solo porque esté fortificado.
Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra.
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