A partir del segundo año de vida muchos niños y niñas atraviesan una fase de rechazo a ciertos alimentos, especialmente las verduras. Esta etapa forma parte del desarrollo normal, pero muchos padres no lo saben y piensan que sus hijos/as están desarrollando malos hábitos que hay que corregir; o se preocupan porque creen que su alimentación no es completa y esto va a afectar a su crecimiento.

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“De bebé le chiflaba el brócoli y ahora no quiere ni mirarlo.” “Si ve algo verde o naranja en el plato, ya no quiere comer.” Estas frases, y parecidas, se escuchan con frecuencia en las consultas de pediatría y en las conversaciones entre familias con niños pequeños.

¿Por qué pasa esto?

En el segundo año de vida aparece un comportamiento típico llamado neofobia alimentaria, o miedo a los alimentos nuevos (o alimentos conocidos que se presentan de forma diferente a la usual). Este comportamiento tiene una razón evolutiva, y es proteger al bebé que empieza a caminar y por tanto ya es independiente, de probar alimentos que podrían ser venenosos o estar en mal estado.

Además de la neofobia, en esta etapa es también típico el rechazo específico a las verduras, principalmente por su sabor amargo y su textura rugosa. Otro factor importante es que a esta edad las necesidades de calorías son muy altas. Los niños instintivamente prefieren alimentos ricos en hidratos de carbono (pan, patatas, pasta…), sobre las verduras, que son pobres en calorías.

Cuanta más presión ejerzamos, más rechazo generaremos

¿Cómo debemos actuar?

Recuerda que es una fase normal del desarrollo y que pasará. Aunque su dieta te parezca limitada, en la mayoría de los casos es suficiente para proporcionar todos los nutrientes que necesitan. La buena noticia es que a la mayoría de niños y niñas les siguen gustando las frutas, y esto compensa en una gran parte la falta temporal de verduras. Permite que coman todas las frutas que deseen (siempre al natural, no en zumos, y cuando sea posible, ecológicas), y sigue ofreciendo una pequeña cantidad de verduras en las comidas principales, pero no los obligues a comerlas, ni siquiera a probarlas.

Con que vean a los demás comerlas, es suficiente. Recuerda que cuanta más presión ejerzamos, más rechazo generaremos. En los casos en que también rechacen las frutas o si la dieta no incluye más de 7-8 alimentos diferentes día tras día, sí conviene valorar con el pediatra la suplementación temporal con un multivitamínico.

Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra.

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