La alimentación infantil no es solo una cuestión de nutrientes, también es una oportunidad para construir unos buenos hábitos y una buena relación con la comida. Por eso, una pregunta que muchas familias se hacen es: ¿debo dejar que mi hijo-a decida lo que come?

libertad o límites
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Está ampliamente aceptado que el bebé, desde el primer día de vida, debe comer “a demanda”. Esto significa que bien sea el pecho o el biberón, el bebé debe comer cuando y cuanto necesite, y que esto solo él o ella lo sabe. Cuando empieza la alimentación complementaria, este enfoque debe continuar. Obligar o distraer para que “termine el plato” ya no se recomienda, puesto que va en contra de su autorregulación natural, una habilidad que protege del sobrepeso y favorece una relación saludable con la comida.

También se va extendiendo la idea de que, entre los alimentos que se le ofrecen, el bebé puede elegir cuáles prefiere. La responsabilidad del adulto es ofrecer opciones variadas, saludables, preferentemente ecológicas, de diferentes grupos alimentarios; la del bebé, explorar, probar, aceptar o rechazar.

A partir del año, esta etapa de armonía parece resquebrajarse. Los niños y niñas empiezan a expresar su identidad e independencia. El “no” se vuelve una expresión de autonomía, y la comida no es una excepción. Aparecen los rechazos, las repeticiones, las “manías”. Este es un proceso natural y esencial para el adecuado desarrollo de su personalidad y no se debe reprimir, sino acompañar con paciencia, flexibilidad y cariño, sin presionar ni forzar. Aunque su alimentación parezca más monótona que antes, la mayoría de los niños-as, si se les ofrece una variedad de alimentos saludables, son capaces de mantener una dieta equilibrada.

Es un proceso natural y esencial para el adecuado desarrollo de su personalidad

Sin embargo, en la edad escolar, las influencias externas ganan terreno: la publicidad, el entorno social y los modelos culturales empiezan a moldear los gustos y ya no podemos confiar solo en el instinto infantil para garantizar elecciones saludables. Por eso, los adultos deben decidir qué alimentos entran en casa y cuáles se ofrecen con más frecuencia. Esto no implica rigidez: si un alimento concreto no gusta, se puede sustituir por otro del mismo grupo; todos tenemos derecho a tener nuestras preferencias y aversiones y esto no significa ser caprichoso o estar malcriado.

Se puede enseñar buenos hábitos alimentarios sin dejar por ello de respetar la personalidad única y el derecho a la autonomía de cada niño-a. El mejor instrumento es: nuestro ejemplo.

Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra

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