Entre el 10 y el 21 de noviembre se ha celebrado la gran cita internacional sobre cambio climático, la COP30 en Belém, Brasil. El encuentro estaba marcado por un gran y muy ambicioso desafío, marcar una hoja de ruta global hacia la transición energética y el abandono paulatino de los combustibles fósiles, que son los grandes productores de emisiones de carbono. Sin embargo, la agenda climática contaba con otros puntos importantes como la financiación climática, los mecanismos de adaptación a los fenómenos climáticos y a las nuevas realidades surgidas de los impactos ya presentes en nuestra cotidianidad o el derecho a la soberanía de las comunidades a decidir sobre sus territorios.

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Durante dos semanas las reuniones multilaterales han sido constantes con el fin de avanzar hacia unos objetivos complejos, en esta dirección a continuación planteamos los grandes puntos a remarcar sobre la COP 30.

En primera posición, el multilateralismo climático se ha evidenciado como prácticamente imposible. La multiplicidad de actores presentes en la toma de decisiones globales y sus muy diferenciados intereses, dependientes de su geopolítica, han demostrado la gran dificultad para avanzar en la puesta en marcha de mecanismos y procesos concretos. Más allá del establecimiento de un marco genérico de acción conjunta, se firmó un acuerdo para exigir mayores esfuerzos para alcanzar los objetivos nacionales de emisiones y aumentar el apoyo financiero a los países del Sur Global, se destaparon, una vez más, las múltiples diferencias en cómo progresar.

Las grietas más importantes se evidenciaron en dos grandes temáticas: el financiamiento de la adaptación y la mitigación, y la transición energética hacia el abandono de los combustibles fósiles. En la primera negociación, sobre el financiamiento, no solo entraba en debate qué países tienen mayores cuotas de contaminación, también estaba sobre la mesa qué estados deben hacer un aporte superior teniendo en cuenta no únicamente sus niveles de contaminación actuales, sino su recorrido histórico y su capacidad de pago. Se trata, una vez más del gran debate enquistado sobre la “Responsabilidad compartida pero diferenciada” que evidencia los diferentes puntos de vista entre el Norte y el Sur Global, en el que todos comparten la idea de aumentar el financiamiento (triplicarlo para 2035), pero discrepan en quiénes deben hacerse cargo y en qué proporción, y en los mecanismos que deben ser los correctos, evitando desigualdades derivadas de fórmulas pasadas como los préstamos.

La segunda temática de divergencia, es en torno a cómo y cuándo se debe dar el abandono de los combustibles fósiles (grandes generadores de emisiones de carbono), tema que genera grandes controversias por diferentes motivos; inicialmente por los actores que no quieren dejar de explotar y exportar el petróleo y el gas como motores principales de sus economías debido a sus grandes rendimientos, y, asimismo, los actores que están a favor de la transición energética, pero exponen que la transición debe ser justa social, económica y ambientalmente, evitando la reproducción de las desigualdades sistémicas.

Es casi imposible la toma de decisiones comunes; marcadas por el choque de intereses geopolíticos y geoeconómicos, pero también por un creciente negacionismo climático

En segundo lugar, otro importante punto a destacar es la ausencia de importantes interlocutores internacionales como la presidencia de los Estados Unidos, estado responsable de una importante parte de emisiones. Trump se ausentó de la cita, pero tampoco envió a representantes, ya que su gobierno considera el cambio climático una falacia, como demostró con la salida del Acuerdo de París en enero de 2025. Su ausencia exhibió la actual polarización política sobre la agenda climática, con especial reticencia de la extrema derecha, y sus múltiples intereses y perspectivas que imposibilitan una acción colectiva real. Por su lado, China sí que asistió a las conversaciones, no obstante, su propuesta no fue ambiciosa y entre líneas se podía leer constantemente sus intereses comerciales dentro de sus planes de expansión de la Nueva Economía Verde, en la que pretende posicionarse como superpotencia en el liderazgo de los vehículos eléctricos y las energías renovables.

Entre las negociaciones que sí que consiguieron avanzar destaca la creación de una hoja de ruta para frenar la deforestación, tema crucial si tenemos en cuenta el aporte de la biodiversidad en la lucha contra el cambio climático y que la cimera se celebraba en plena Amazonia. Por otra parte, también se discutió el cómo la tecnología y la IA podían ayudar en los diferentes frentes de la agenda climática, a la vez de como se debía hacer la transferencia de tecnología para que el progreso técnico para el cambio climático fuera realmente global. Se aprobó un “Programa de Implementación de Tecnología” para desplegar tecnología climática globalmente. Y para acabar, también hay que mencionar la aprobación de El Mecanismo de Acción de Belém (BAM), con el objetivo de acelerar la implementación de acciones climáticas concretas y efectivas, concretando los debates en acciones específicas en el terreno. Entre las grandes funciones destacan indicadores para coordinar acciones globales y locales, priorizar acciones de alto impacto o reforzar la transparencia.

Finalmente, es muy relevante mencionar la fuerte movilización social que ha desatado la COP30, demostrando la presión creciente de la ciudadanía, movimientos juveniles y organizaciones ambientalistas sobre los gobiernos para acelerar la acción climática. Las calles de Belém se llenaron de manifestaciones demandando compromisos más ambiciosos, denunciando la inacción institucional en la negociación y cuestionando los roles establecidos en las tomas de decisión, recordando que la acción climática no puede ser únicamente un asunto técnico, sino también un imperativo social y político.

En definitiva, la COP30 ha estado marcada por la falta de ambición y por la incapacidad de avanzar multilateralmente hacia objetivos conjuntos. En este contexto, se observa un enquistamiento en la agenda climática que dificulta tener un horizonte optimista a corto plazo, con las certezas de una casi imposible toma de decisiones comunes marcadas por el choque de intereses geopolíticos y geoeconómicos, pero también por un creciente negacionismo climático.

Autora: Gemma Isern Castells, Politóloga, Máster en Relaciones Internacionales, Seguridad y Desarrollo

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