El invierno es la estación más fría y más seca de todo el año. Esto se traduce en una carga especialmente estresante para nuestra piel: bajas temperaturas, menor humedad ambiental y más calefacción en casa. Es entonces cuando la piel pide mimos, más abrigo y protección porque se reseca con más facilidad. Y podemos acompañar esos silencios de la piel con elementos nutritivos y protectores. Y de entre todo el repertorio de las sustancias emolientes por excelencia, encontramos dos joyas africanas: el aceite de argán (Argania spinosa) y la manteca de karité (Butyrospermum parkii), dispuestos a devolverle la calidez y la luminosidad a tu piel.

El argán es un árbol resiliente que habita las tierras áridas marroquíes. Este árbol concentra un aceite vegetal maravilloso en sus semillas de aroma cálido a nuez fresca. Su aporte equilibrado de ácido oleico y linoleico deja un tacto sedoso y envolvente, te nutre sin saturar, te devuelve la elasticidad y ayuda a restaurar la función barrera de tu piel.
Por otra parte, la manteca de karité es, ante todo, una materia de abrigo. Sólida a temperatura ambiente, se funde lentamente al contacto con la piel, como si entendiera su calor y su necesidad. Obtenida por presión en frío de los frutos, tiene una riqueza de ácidos grasos nutritivos (esteárico y palmítico) que forman una película protectora sobre tu piel. Y, así, una manteca pura y sin más aditivos, ya es eficaz. Ella nutre, suaviza y ayuda a mantener la hidratación durante más tiempo, y devuelve la flexibilidad y el confort incluso a las zonas más castigadas.
Y estos dos tesoros contienen unos componentes extra especialmente valiosos, antioxidantes y calmantes, responsables de su acción reparadora: tocoferoles, triterpenos y fitosteroles. Juntos acompañan los procesos naturales de regeneración cutánea y aportan un confort duradero, profundo y respetuoso, especialmente valioso en las épocas en que la piel más lo necesita.
Contienen unos componentes extra especialmente valiosos, antioxidantes y calmantes
Para el cuidado general durante el invierno, podemos crear un bálsamo nutritivo corporal con dos cucharadas de manteca de karité virgen y una cucharada de aceite de argán, batiendo mientras lo fundimos al baño María. Luego, seguimos batiendo fuera del calor y envasamos en un tarro para que se solidifique.
Cuando removemos, de forma opcional, podemos añadir una gota de aceite esencial de geranio o de incienso que ayudará al confort y la reparación de la piel. Podemos usarlo en las zonas más expuestas o resecas, como son las extremidades, especialmente las manos. Esta combinación calmará y reducirá la tirantez de tu piel usando una pequeña cantidad, calentándose previamente entre las manos, que extenderemos sobre las zonas de la piel que estén pidiendo cuidado.
Además, incorporar estos ingredientes en la rutina invernal puede convertirse en un momento de presencia. Dedicar unos minutos a masajear el karité y el argán activa la microcirculación, ayuda a que la piel recupere vitalidad y favorece una sensación de bienestar inmediato. Es un pequeño gesto diario que refuerza la hidratación, calma la sensibilidad y acompaña a la piel para que afronte el frío con más resiliencia.
Cuidar la piel también es un acto ecológico: es escucharla, nutrirla con lo esencial y elegir materias primas que respeten tanto el cuerpo como el territorio del que proceden. Por eso, en tu cosmética ecológica de invierno, argán y karité son sinónimo de cuidado profundo, sencillo y cálido.
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Autora: Beatriz Lavado, Especialista en cosmética natural
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