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Ni en Cataluña, ni en España, jamás la clase política ha apostado decididamente por la alimentación ecológica. Jamás. Se han visto algunos detalles, muy escasos, en ciertos momentos, pero la apuesta valiente por el mundo de la alimentación ecológica ha brillado siempre por su ausencia entre la clase política cañí, ya sea en sus diferentes formatos estatales, autonómicos, consistoriales, etc.

 

¿Por qué? Principalmente, por dos razones. Por un lado, nuestros políticos son títeres. Pero los titiriteros son otros. A la gran industria no le interesa ninguna competencia. Son los grandes magnates y los tecnócratas de las grandes corporaciones los que mueven los hilos de nuestros mediocres políticos, lleven corbata o jersey de lana. Cumplen órdenes y las cumplen a gusto. Por otro lado, su miopía cortoplacista les impide llevar a cabo legislaciones que sean capaces de entender los problemas de una forma holística y proponer, pues, soluciones homeotélicas, es decir, soluciones capaces de erradicar ciertos problemas de raíz.

En algunos países de Europa, como Alemania, Dinamarca, Italia, Francia o UK, por ejemplo, la cuestión de la alimentación ecológica ha suscitado muchos más consensos y se han visto detalles curiosos y honrosos. Porque la alimentación y la salud de la población, de la ciudadanía, es una cuestión de estado. De ahí que esos países nos lleven tantas ventajas en lo que respecta al consumo interior “bio”. Ha habido un apoyo institucional que ha tomado forma en legislaciones apropiadas, campañas promocionales en medios públicos, etc. Nuestros políticos, en cambio, sea cual sea el color de su chaqueta o el ámbito de su actuación, se ufanan por hablar de ecología pero sus actuaciones van siempre en la misma dirección: la protección de los intereses de los grandes empresarios intercontinentales.

«el estado español es el más colonizado por las transnacionales de los transgénicos de toda la Unión Europea»

Es posible que haya más excepciones, pero, en mi caso, las únicas personas con las que yo me he topado, en la clase política, que apostaban personalmente, con devoción, por la alimentación ecológica han sido dos mujeres: Cristina Narbona (ex ministra con el PSOE) e Imma Mayol (que, desde Iniciativa per Catalunya, formó parte del tripartito que gobernó Barcelona durante unos años).

Pero muchos de nuestros políticos, los mismos que legislan a favor de la modificación genética (el estado español es el más colonizado por las transnacionales de los transgénicos de toda la Unión Europa), consumen “bio” en su casa, para ellos y para sus hijos. Conozco muchos casos. Saben lo que es mejor para todos, pero legislan para envenenar a su pueblo, al que le gusta también envenenarse. ¿Qué hacer? Seguir promoviendo lo que es mejor para todos, porque es una obligación moral y espiritual, y desapegarse total y absolutamente de los resultados.

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