Ester Casanovas

Me gusta usar el símil del camino cuando hablo de cómo empezar un huerto urbano. Creo que lo hace más comprensible a todos aquellos que quieren iniciarse y al mismo tiempo les facilita tomar decisiones respecto a qué quieren cultivar en sus huertos de autoconsumo. Siempre les digo (y recomiendo) que la primera temporada cojan el camino fácil, acercándose al vivero y comprando plantel de aquellas hortalizas que tienen pensado cultivar.

El segundo camino es el más difícil pero más interesante, y consiste en empezar todo el proceso a partir de la semilla. En este punto volvemos a encontrarnos ante una encrucijada: la que conduce de nuevo al vivero para comprar aquellas que nos interesan más (pero que volverá a ser una oferta limitada a las variedades que comercializan las empresas de semillas) o bien optar por el camino más complicado y que conduce a la plena soberanía alimentaria: buscar variedades de hortalizas propias de nuestra tierra y que afortunadamente se han conservado como los pequeños tesoros que son.

Es en este momento cuando se abre la puerta a un circuito alternativo y minoritario, de fácil acceso pero totalmente apartado de los comercios especializados, viveros y grandes centros de jardinería: los Bancos de Semillas.

Más o menos organizados, trabajando en red o de forma individual, los Bancos de Semillas están gestionados por un grupo de personas concienciadas con el entorno que trabajan para conservar las variedades hortícolas de su zona.

Los encontraremos en todo el territorio agrupados y a menudo organizan encuentros para dar a conocer su trabajo o las variedades hortícolas que cultivan. Grandes bancos, estos, a los que hay que ayudar porque son los depositarios de un tesoro intangible.

Su tarea (a grandes rasgos) comienza visitando a agricultores de la zona, conociendo las variedades que cultivan y descubriendo que todavía hay algunos que conservan semillas que han estado en la familia durante generaciones. Después de llenar una ficha con las características de la hortaliza, comienzan a trabajar. Las perpetúan cultivándolas, y renovándolas antes de que pierdan su capacidad germinativa. Mientras tanto, las conservan dentro de botes de cristal en el espacio físico que destinan al Banco, y que suele ser una nevera o un rincón en un lugar fresco y con una temperatura más o menos estable.

Hablando con algunos de ellos te enteras de que tienen constancia de variedades que se cultivaban en determinadas zonas pero de las que ha sido imposible recuperar las semillas. Algunas, perdidas en el olvido del tiempo, otras porque a pesar de los intentos, no han llegado a germinar.

Si algún día desaparecen iniciativas como éstas, se perderán miles de semillas, muchas más de las que ya se han perdido. Pero sobre todo, con estas semillas se perderá nuestra soberanía alimentaria, que consiste en poder elegir de qué te quieres alimentar, más allá de lo que los grandes monopolios hortícolas nos imponen.

Deja un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here