La ganadería desarrollada hoy en día en la Unión Europea pretende individualizarse dentro del panorama ganadero global en base a cuatro valores: Seguridad alimentaria, bienestar animal, respeto medioambiental y precios justos tanto para productores como para consumidores.

Los riesgos de las importaciones de carne desde países externos a la Unión Europea

La búsqueda de estos objetivos nos ha obligado a dotarnos de una legislación diversa en materia de bienestar animal, sanidad animal o sostenibilidad medioambiental así como a inyectar una importante transfusión financiera gestionada a través de la Política Agraria Comunitaria. Un gran esfuerzo del que tanto productores como consumidores han tenido que responsabilizarse y que nos ha llevado hasta donde estamos.

La consecución de los cuatro objetivos arriba mencionados marca, a trompicones, el camino a seguir para la ganadería europea y debemos sentirnos orgullosos por ello. Uno puede decir, y seguramente con razón, que el sistema tiene fallos, que los mecanismos de control no actúan con la necesaria rapidez y eficacia, que los aspectos sanitarios y económicos dominan y oscurecen la consecución de otros de carácter social, medioambiental o de protección animal, pero los defectos, desaciertos y asuntos pendientes en la aplicación de los principios de una política no la invalidan.

La ganadería se ha convertido en una moneda de cambio por la que obtener favores en otros sectores considerados más estratégicos

Este sistema “europeo” que tantos sacrificios nos ha costado a todos y por el que venimos, y seguimos, luchando desde hace tanto tiempo se encuentra amenazado por la competencia ejercida desde países externos a la Unión Europea que con otras legislaciones medioambientales, sanitarias y de bienestar animal mucho menos exigentes, pueden inundar el mercado europeo con producciones de bajo coste frente a las cuales el ganadero europeo, sujeto a la normativa comunitaria, se ve incapacitado para competir sin que el consumidor, que cada vez se abastece más de productos cárnicos ya transformados, sea consciente de ello.

En las discusiones sobre tratados comerciales la ganadería, y por extensión toda la agricultura, en manos de las instituciones de la Unión Europea, se ha convertido en una moneda de cambio por la que obtener favores en otros sectores considerados más estratégicos, como el industrial, a cambio de abrir nuestro mercado a productos agroalimentarios de los que nada se sabe sobre su origen o métodos de producción.

En teoría desde una perspectiva sanitaria son controlados en los puntos de entrada a Europa aunque las garantías nunca podrán ser las mismas. Los aspectos medioambientales o de protección animal quedan fuera de los acuerdos.

No se trata de prohibir la importación de carne de Países Terceros sino de exigir que proceda de sistemas ganaderos cuyos parámetros mínimos de sanidad animal, sostenibilidad medioambiental, integración social y bienestar animal sean los mismos que rigen en Europa. De no ser así estaríamos destruyendo el sistema europeo. Ya cometimos un error en el acuerdo comercial con Canadá (50.000 t. de carne de vacuno y 80.000 t. de carne de porcino al año). Esperemos haber aprendido de los errores y no cometer el mismo ahora que se está negociando el acuerdo comercial con Estados Unidos.

Autora: Alberto Díez, director de ANDA – Asociación Nacional Para la Defensa de los Animales

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