Es curioso cómo la tecnología puede facilitarnos la vida al mismo tiempo que nos aleja de ella. El desarrollo de sofisticados sistemas de refrigeración y calefacción, por ejemplo, ha pervertido nuestro concepto de lo que es el tiempo “normal”, implantando en muchas mentes urbanitas el erróneo concepto de que lo rutinario, lo que está bajo control y se repite día a día es lo deseable.

Por tanto, cualquier situación fuera de la media genera desasosiego y se convierte automáticamente en algo “excepcional” que requiere medidas extraordinarias.

Un ejemplo repetido es el de las “olas invernales” de frío y las “olas veraniegas” de calor. Aunque se nos haya olvidado, cuando llega el invierno, lo normal es que haga frío, llueva, nieve y azote el viento, de la misma forma que cuando llega el verano hace calor, el cielo se despeja, no corre el aire y el ambiente se pone sofocante. ¡En realidad, la noticia sería el frío en verano o el calor en invierno!

Pero el titular es apetitoso, sobre todo cuando hay daños específicos por una situación meteorológica concreta: “estamos ante una situación excepcional”. De hecho, siempre hay algún vecino para atestiguar ante cámaras y micrófonos la singularidad de un suceso gracias a la frase mágica: «yo esto no lo había visto nunca antes», como si el buen señor llevara 500 años seguidos viviendo allí.

Hoy sabemos que las temperaturas europeas de los siglos X al XIV fueron mucho más calurosas que ahora -el período cálido medieval permitió el crecimiento demográfico y el progreso de la época- y que las de los siglos XIV al XIX fueron también mucho más frías –la pequeña edad de hielo permitió a Dickens describir en sus obras un Londres aterido-, así que deberíamos dejar de tomar los incidentes meteorológicos y las temperaturas medias del último siglo y pico como si fueran las únicas «normales» y todo lo demás, «excepcional».

situaciones excepcionales

Por lo demás, los paseos marítimos destrozados, los barrios de chalets inundados y las carreteras cuarteadas ante la furia del mar o de las lluvias son la consecuencia lógica de construir paseos, barrios y carreteras demasiado cerca de la costa o en antiguas ramblas y rieras, cuando además se talan y desbrozan las laderas adyacentes.

Malas noticias para las mentes acomodadas: la vida en sí es excepcional y no se somete a las reglas humanas. Es urgente despertar del aturdimiento al que nos someten los mundos virtuales de nuestras pantallas y volver a mirar la Naturaleza para reaprender a interpretar el mundo real. Aunque sólo sea por instinto de supervivencia.

Autor: Pedro Pablo G. May, Escritor y Periodista Ambiental
Bio Eco Actual Marzo 2017

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