Una vez más nos enfrentamos a un potencial problema ligado a un producto agrícola, en este caso un alimento de amplio uso y gran popularidad. Un problema que se vislumbra en el horizonte y que de seguro traerá consigo polémica. Se trata, como no, de un nuevo caso de un organismo modificado genéticamente (OGM), más concretamente, de la manipulación genética llevada a cabo sobre un producto de consumo masivo, la patata. Una modificación genética, que como veremos a continuación, no está exenta de polémica.

Patatas transgénicas, un riesgo innecesario

Los organismos modificados genéticamente se han convertido en tema recurrente y habitual. Estamos muy acostumbrados a oír hablar de ellos en los medios de comunicación, pero no todo el mundo conoce a ciencia cierta a que se refiere y de que se trata. Por ello, antes de hablar de patatas modificadas genéticamente debemos comentar brevemente que son los OGM y que implica la manipulación genética de organismos.

Un organismo modificado genéticamente es un organismo cuyo genoma ha sido modificado en un laboratorio. El genoma de este organismo se ha diseñado para favorecer determinadas características o rasgos biológicos deseados por sus creadores, los ingenieros genéticos, para potenciar determinadas características fisiológicas, como pueden ser sabor, aspecto, resistencia a infecciones y plagas, resistencia a situaciones límite, como la derivada de falta de agua en episodios de sequía. A diferencia de la agricultura y ganadería tradicional, la producción de razas y variedades no se consigue mediante tiempo, esfuerzo y azar, mediante la práctica de criar individuos que tengan los rasgos deseados, individuos que se aparean y por recombinación génica fijan esos caracteres. La diferencia reside en que se actúa en laboratorio sobre el genoma de estos individuos y este genoma se modifica en función de las características buscadas, obteniéndose por este procedimiento un organismo que tiene las peculiaridades deseadas para los fines deseados.

Para conseguir la modificación genética se utilizan técnicas de recombinación del ADN, técnicas que permiten actuar sobre el genoma con precisión extrema a nivel molecular. La modificación puede ser llevada a cabo sobre un gen, modificando molecularmente parte del mismo, o bien insertando un gen o genes de otra especie no relacionada con el organismo sobre el que se actúa, y que va a aportar aquella o aquellas características o peculiaridades que se buscan. Los rasgos que se obtienen mediante esta técnica no se conseguirían fácilmente mediante la selección natural tradicional, y en algunos casos, no se obtendrían nunca mediante esta técnica.

La modificación genética de organismos tiene una larga historia en la agricultura, buscando, en un principio, la resistencia a plagas y enfermedades, a condiciones ambientales, y a ciertos tratamientos químicos como son los herbicidas.  Actualmente se va más allá, y lo que se dice que se está buscando es mejorar la calidad del producto, tanto características organolépticas como nutricionales. Un buen número de modificaciones transgénicas están dirigidas a obtener resistencia a los herbicidas usados en la agricultura, como es el caso del glifosato. Las variedades transgénicas cultivadas de la soja y del maíz son resistentes a este compuesto químico.  Otras modificaciones van dirigidas a aumentar resistencia frente a insectos. Se busca combatir los insectos desde la misma planta, por lo que se diseñan introduciéndoles en su genoma los genes de la bacteria Bacillus thuringiensis que son letales para ellos. Esta bacteria edáfica está siendo usada muy eficazmente como alternativa biológica a los plaguicidas, habiendo demostrado reiteradamente que es un buen sustituto a los insecticidas que se usan en la agricultura.

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Un ejemplo de cultivo transgénico cuyo objetivo es aumentar el valor nutricional lo encontramos en el arroz dorado, que ha sido diseñado con tres genes que sintetizan biológicamente el betacaroteno, precursor de la vitamina A. El mundo de los OGM agrícolas es muy variado. Centrémonos en la patata OGM bautizada como Innata.

Este organismo modificado genéticamente fue aprobado por el USDA en 2014 y por la FDA en 2015 para su uso en agricultura. Su nombre viene por el hecho de que para su mejora no se ha utilizado material externo de otras especies, sino únicamente genes “innatos” de las patatas, genes que se han desactivado mediante biotecnología. Las modificaciones introducidas tienen como fin evitar la aparición de dos problemas que sus parientes no modificadas tienen.  Por un lado, la gran concentración del aminoácido asparagina, y por el otro el problema de los moretones o manchas negras. La asparagina, junto con el almidón, reacciona a altas temperaturas formando la acrilamida durante el cocinado. La acrilamida se sabe que es un cancerígeno en humanos, por lo que es necesario controlar su aparición durante la fritura. Respecto a las manchas negras, esta variedad ofrece mayor resistencia al impacto que los causan durante la recogida y el transporte. El moretón se produce cuando un tubérculo golpea contra un objeto que daña las células que están bajo la piel sin llegar a romperla. Al cabo de uno o dos días el tejido dañado se vuelve cada vez más oscuro hasta hacerse negro.

Los detractores de este OGM dicen entre otras cosas que justamente el moretón es la forma visible de que la patata está dañada y puede estar pudriéndose, por lo que las técnicas biotecnológicas usadas para enmascarar el ennegrecimiento pueden hacer que los consumidores ingieran un producto en mal estado originando problemas para la salud.

En la actualidad solo existe una variedad disponible en el mercado de patata OGM, por lo que es fácil evitarla. No compre patatas que no sean de cultivo orgánico y variedad tradicional. Es la forma más segura de evitar riesgos innecesarios asociados al consumo de este OGM.

Autor: Raúl Martínez, Dietista-nutricionista, biólogo

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