A nadie le gusta vivir en un hogar sucio. Los seres humanos tenemos la necesidad de habitar en un espacio sano, limpio y libre de organismos patógenos causantes de enfermedades que ponen en riesgo nuestra salud. Os hablamos de los productos de limpieza.

Productos de limpieza: ¡Peligro!

Si una casa no se limpia regularmente se acumula la suciedad. Y es en esta mugre acumulada donde proliferan los gérmenes y parásitos que pueden llegar a afectar a sus moradores, y como consecuencia, corren el riesgo de enfermar. La necesidad de higiene hace que mantengamos nuestro hogar lo más limpio posible, recurriendo para ello a una amplia gama de productos de limpieza que nos garanticen la asepsia. En la búsqueda de un hogar limpio empleamos de forma cotidiana y regular una mezcla de productos químicos pensados para cada una de las áreas del hogar, principalmente baños y cocina, donde el riesgo de enfermedades que afecten a nuestra salud aumenta. Usamos para ello productos de composición diversa que interactúan con nosotros por vía cutánea y respiratoria, productos que no siempre son inocuos, y dependiendo como los utilicemos, pueden convertirse en un riesgo añadido al que tratamos de combatir.

Los productos limpiadores del hogar son sustancias químicas pensadas para desinfectar, que incluyen en su composición ácidos o bases fuertes, que por su peligrosidad entrañan riesgos para las personas, mascotas y medio ambiente. Estos productos por imperativo legal vienen etiquetados y exponen muy claramente los riesgos inherentes a los mismos y las precauciones que se deben adoptar en su uso. Las etiquetas nos advierten de los riesgos que para las personas tiene su manipulación, y nos indican qué medidas de seguridad se deben emplear siempre con ellos para evitar accidentes graves. Así, junto a los pictogramas correspondientes, podemos leer que se deben usar como precaución guantes, mascarillas, gafas, evitar el contacto con la piel y los ojos, o no respirar los vapores. Normas que debemos cumplir estrictamente si no queremos sufrir un accidente de consecuencias impredecibles.

Mezclar lejía con otra cosa que no sea agua es realmente una mala idea

Es indispensable leer las etiquetas. Los fabricantes están obligados a indicar claramente los riesgos del producto usando para ello los conocidos como símbolos de advertencia sobre la peligrosidad que una determinada sustancia o mezcla puede provocar en la salud o el medio ambiente. Y todas las personas que los utilizamos debemos conocerlos. Por ejemplo, vemos símbolos de peligro que nos indican que el producto puede ser dañino a dosis muy pequeñas. Así, encontramos productos de limpieza etiquetados como «corrosivos», «muy irritantes», «sensibilizadores fuertes» o «altamente inflamables». Todas estas palabras de advertencia nos informan sobre el nivel relativo de gravedad del daño, alertando al usuario de la existencia de un peligro potencial.

Entre los productos de limpieza más tóxicos, y que tienen mayor peligrosidad, encontramos el grupo de los limpiadores. Dependiendo el uso tendrán diversa composición, bien sean limpiadores de inodoros, desatascadores de desagües, o limpiadores de hornos, son potentes cáusticos ácidos o básicos. Otro grupo son los limpiadores con acción bactericida, desinfectantes clorados, removedores de moho, incluso productos que tenemos por inocuos como el lavavajillas pueden contener sustancias químicas tóxicas en su composición como el triclosán, un agente antibacterial.

En la gran mayoría de los productos de limpieza encontramos un grupo de sustancias químicas, como son el amoniaco, el cloro y el hidróxido sódico, que por ser de uso habitual y por su potencial peligrosidad, es necesario conocer. El amoníaco se usa como un agente limpiador de baño y lavabos, así como en limpiadores de vidrios. Un uso incorrecto puede producir bronquitis crónica y asma. El cloro forma parte de la composición química de diversas sustancias desinfectantes, siendo las más conocidas la lejía y el agua fuerte o salfumant, que es ácido clorhídrico diluido. Se encuentra en productos limpiadores de inodoros, desatascadores de tuberías, eliminadores de moho, blanqueadores de ropa, siendo el agente encargado de la potabilización del agua corriente en forma de hipoclorito. Esta sustancia quema la piel, los ojos e irrita los pulmones, siendo muy peligrosa en su manipulación. El hidróxido de sodio, o sosa caustica, es la base de los productos desengrasantes, de los limpiadores de hornos y de los desagües. Es una sustancia química extremadamente corrosiva y que causa quemaduras graves si toca la piel o los ojos. La inhalación de hidróxido de sodio puede causar un dolor de garganta durante días.

Entre los productos de limpieza más tóxicos, y que tienen mayor peligrosidad, encontramos el grupo de los limpiadores

Cuando manejamos productos de limpieza sin conocer su naturaleza, riesgos y peligrosidad, podemos acabar generando problemas de mayor envergadura que los creados por la propia suciedad. Combinar productos de limpieza comunes puede ser increíblemente peligroso. Por ejemplo, si usamos a la vez el amoniaco y la lejía reaccionan creando gas de cloramina altamente tóxico que puede dañar el tejido pulmonar si lo inhalamos. Cuando mezclamos la lejía, que tiene como base el hipoclorito sódico, con ácido, que es común en muchos limpiadores de inodoros, libera cloro gas venenoso que ataca la piel, el sistema respiratorio e irrita los ojos. Lo mismo ocurre cuando probamos a mezclarla con los desatascadores de cañerías a base de ácido. Hasta con el inocuo procedimiento de usar vinagre, que es un ácido, y bicarbonato sódico para limpiar el fregadero, podemos tener problemas si luego añadimos lejía. Al mezclar la lejía con alcohol se produce una reacción que genera gas cloroformo tóxico y ácido clorhídrico. Mezclar lejía con otra cosa que no sea agua es realmente una mala idea.

Afortunadamente en encontramos a nuestra disposición alternativas ecológicas a los productos de limpieza tóxicos.

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Autor: Raúl Martínez, Biólogo, Especialista en Medio Ambiente y Salud.

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