Tener buena o mala memoria no depende únicamente de la edad o la genética. Es el resultado de un complejo equilibrio entre la alimentación, masa muscular, el estado hormonal, el nivel de estrés, la calidad del sueño y la microbiota intestinal.

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123RF Limited©peenat. El exceso de azúcar nos perjudica y engorda

La memoria se construye a base de reacciones químicas en el cerebro: a medida que se incorporan aprendizajes, se crean nuevos circuitos y comunicaciones entre neuronas, a través de los cuales se almacenan y registran los recuerdos. Existen varios tipos de memoria -a corto y largo plazo, semántica, episódica y procedimental- todos dependientes de la calidad de la transmisión neuronal, y ésta, a su vez, de la nutrición y los hábitos de vida.

El estrés crónico y el azúcar, dos grandes saboteadores de la memoria

Cuando el estrés se hace persistente, el cortisol que libera al cuerpo deteriora el hipocampo, la zona cerebral clave para la formación de recuerdos. De forma paralela, una dieta rica en azúcares refinados e hidratos de alto índice glucémico genera picos de insulina recurrentes que acaban afectando a la función cognitiva. Algunos investigadores llaman a este fenómeno “diabetes tipo 3” por su relación con el Alzheimer.

Por el contrario, comer con conciencia y sin excesos, incluso una moderada reducción de calorías, puede ser una estrategia saludable para la memoria.

Envejecimiento y memoria: ¿se puede frenar?

El envejecimiento comporta cambios cerebrales inevitables: reducción del volumen de algunas áreas, disminución de ciertos neurotransmisores, menor plasticidad sináptica. Pero la velocidad y la intensidad de estos cambios no están predeterminadas.

El estrés oxidativo y la inflamación crónica de bajo grado (inflammaging en inglés) son los principales aceleradores del deterioro cognitivo asociado a la edad.

El cerebro, un órgano que necesita nutrientes específicos

El cerebro es un 60% grasa, y una parte importante es DHA, de la familia Omega-3. Sin un aporte adecuado, las neuronas pierden eficiencia. Las vitaminas del grupo B regulan la homocisteína y participan en el transporte de oxígeno al cerebro. La vitamina D se asocia directamente con la prevención del deterioro cognitivo.

El cerebro es un 73% agua, y una deshidratación de tan solo el 2% del peso corporal ya afecta negativamente a la concentración, la memoria de trabajo y la velocidad de reacción.

Alimentos estrella para la memoria

Los frutos del bosque (especialmente los arándanos), las nueces, el huevo, la avena y el aceite de oliva virgen extra son los alimentos con mayor evidencia para cuidar la memoria: aportan DHA, colina, antocianinas, polifenoles y antiinflamatorios naturales que nutren el cerebro en cada comida.

Una disbiosis intestinal provoca problemas digestivos y genera inflamación que puede afectar a la memoria y la función cognitiva.

El intestino, el segundo cerebro

El intestino alberga unos 100 billones de microorganismos que producen neurotransmisores (el 90% de la serotonina del cuerpo se fabrica aquí), modulan la inflamación sistémica y se comunican directamente con el cerebro a través del nervio vago. Una disbiosis intestinal provoca problemas digestivos y genera inflamación que puede afectar a la memoria y la función cognitiva.

Para cuidar la microbiota, es preciso priorizar los alimentos ricos en fibra prebiótica (puerro, ajo, cebolla, alcachofa, plátano verde, avena) e incorporar fermentados como el yogur natural, el kéfir, el chucrut, el miso, el tempeh o el kimchi.

Complementos nutricionales para la memoria

Los complementos con mayor evidencia son el omega-3 (DHA), el magnesio L-treonato, la curcumina liposomal, la seta carnera (melena de león), la Bacopa monnieri, el Ginkgo biloba, y los aminoácidos acetil-L-carnitina y L-glutamina, todos con efectos neuroprotectores y antioxidantes documentados.

La importancia de una buena hidratación para la memoria

El cerebro es un 73% agua, y una deshidratación de tan solo el 2% del peso corporal ya afecta negativamente a la concentración, la memoria de trabajo y la velocidad de reacción.

Pero no toda el agua es igual. El agua del grifo puede contener cloro, nitratos, PFAS, microplásticos y metales pesados que, acumulados en el tiempo, ejercen un estrés oxidativo y hormonal sobre el sistema nervioso. Para minimizarlo: filtra el agua con carbono activo u ósmosis inversa, opta por botella de vidrio para evitar BPA y ftalatos, y considera el agua hidrogenada —enriquecida con hidrógeno molecular (H2)—, un antioxidante selectivo que neutraliza los radicales libres más nocivos sin interferir en los procesos oxidativos necesarios.

Los estudios preliminares apuntan a efectos neuroprotectores y mejora del rendimiento cognitivo, especialmente en personas con alto estrés oxidativo o en proceso de envejecimiento activo.

 

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La importancia de la comida ecológica para la memoria

La producción convencional utiliza pesticidas y herbicidas que, pese a estar regulados y “en los límites seguros”, se acumulan en el organismo y pueden actuar de forma sinérgica. Comer ecológico reduce la carga tóxica de compuestos neurotóxicos como el glifosato (que altera la microbiota intestinal), aporta más polifenoles gracias a las defensas naturales de las plantas, y ofrece un perfil de grasas más saludable en lácteos, con mayor proporción de omega-3.

La mejor dieta para la memoria no es ningún protocolo exclusivo: es una alimentación basada en alimentos reales, de temporada y proximidad, preferiblemente ecológicos. Pero la dieta no trabaja sola. El sueño reparador, el ejercicio regular, la gestión del estrés y las conexiones sociales estimulantes también alimentan la memoria de forma que ningún suplemento puede sustituir.

Los frutos del bosque (especialmente los arándanos), las nueces, el huevo, la avena y el aceite de oliva virgen extra son los alimentos con más evidencia para cuidar la memoria.

Y no podemos olvidarnos del músculo. El ejercicio de fuerza estimula la secreción de BDNF (Brain-Derived Neurotrophic Factor), que promueve la neurogénesis y la plasticidad sináptica. Mantener la masa muscular no es solo una cuestión estética o de movilidad: es una inversión directa en la salud cerebral a largo plazo.

Autora: Jordina Casademunt, Nutricionista Oncológica.

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