Las decisiones alimentarias están condicionadas por nuestro entorno cultural, social y económico, además de por los entresijos del actual modelo agroalimentario. ¿Qué es eso de la libertad?

123rfLimited©wiesdie. Plantación de kiwi en Te Puke en la región de Bay of Plenty en Nueva Zelanda

Decisiones alimentarias

Nuestra alimentación determina nuestra salud y, por ende, nuestra calidad de vida. Tal y como expone la Organización Mundial para la Salud (OMS), una dieta sana “ayuda a protegernos contra las formas de malnutrición y constituye la base de la salud y el desarrollo. También ayuda a prevenir enfermedades no transmisibles, como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de cáncer y otras afecciones vinculadas con la obesidad”. Por el contrario, “una dieta malsana, en combinación con la falta de actividad física, es uno de los principales riesgos para la salud a nivel mundial”.

El estudio Health effects of dietary risks in 195 countries, 1990-2017 (Efectos sobre la salud de los riesgos alimentarios en 195 países, 1990-2017, en español) publicado en la revista médica The Lancet concluía: “Los malos hábitos alimentarios están asociados con una variedad de enfermedades crónicas y potencialmente pueden ser un factor importante en la mortalidad por enfermedades no transmisibles en todos los países del mundo. Este hallazgo destaca la necesidad urgente de realizar esfuerzos globales coordinados para mejorar la calidad de la dieta humana”.

Grandes empresas deciden qué vamos a encontrar en el supermercado y a qué precio

¿Qué nos lleva a optar por una dieta u otra? Existen varios factores que afectan la elección de alimentos: el hambre y el sentido del gusto, el precio de los alimentos y el nivel económico de cada individuo o familia, la disponibilidad y la accesibilidad, la cultura alimentaria (valores, tradiciones, hábitos), la educación, las capacidades y conocimientos (por ejemplo, tener o no habilidades culinarias), el tiempo disponible (la falta de tiempo puede hacer que compremos más productos precocinados y ultraprocesados), las influencias sociales, los estados de ánimo, las tendencias alimentarias y, por supuesto, los medios de comunicación y las redes sociales, mediante campañas de publicidad. ¿O desayunábamos tostadas de pan integral con tomate, aguacate y semillas de sésamo hace 20 años?

Los recursos económicos definen la dieta

Basta pasear por nuestras ciudades para darse cuenta de que no en todos los barrios hay la misma oferta de alimentos, y es frecuente encontrar más variedad en los barrios con rentas más altas. En Estados Unidos, este fenómeno se conoce como las “líneas rojas del supermercado”: en los barrios con pocos ingresos hay menos posibilidades de tener acceso a productos frescos y es mucho más fácil ir a restaurantes de comida rápida y autoservicios, tal y como explica el periodista Raj Patel en sus estudios sobre el sistema alimentario mundial.

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¿Qué pasa, por ejemplo, en Madrid? En el estudio Socioeconomic Inequalities in the Retail Food Environment around Schools in a Southern European Context (Desigualdades socioeconómicas en el entorno minorista en torno a las escuelas en un contexto del sur de Europa, en español) publicado en la revista Nutrients, los científicos confirman que hay desigualdades en la accesibilidad a alimentos no saludables en las cercanías de los centros educativos de la capital española dependiendo del nivel socioeconómico del barrio. Así, descubrieron que las escuelas en barrios de ingresos más bajos tenían más cerca tiendas de alimentos de escaso o nulo valor nutricional.

No es de extrañar, pues, que la obesidad se cebe con los más desfavorecidos, tal y como recoge el último Estudio Aladino del Ministerio de Consumo. “Las prevalencias de sobrepeso y obesidad son significativamente superiores en los escolares de familias con menor nivel de ingresos con respecto a las de mayor nivel”.

Una elección controlada

Además de los condicionantes que hemos visto previamente, para comprender mejor el complejo proceso de elección de alimentos hay que conocer cómo funciona el sistema agroalimentario actual. Con la modernización de la agricultura que se inició entre los años 50-60 del pasado siglo, conocida como la revolución verde, las multinacionales empezaron a dominar el sistema alimentario. Hoy, pocas de estas grandes empresas controlan cada tramo de la cadena agroalimentaria: las semillas, la transformación de los alimentos, la distribución y la comercialización. Sí, deciden qué vamos a encontrar en el supermercado y a qué precio.

Como consumidores podemos demandar medidas políticas para mejorar la salud de toda la población

Además, entre 1980 y 1990 las grandes empresas de distribución (en España son Mercadona, Carrefour, Alcampo, El Corte Inglés y las dos principales centrales de compra, que aglutinan a otras cadenas, Euromadi e IFA) se convirtieron en las intermediarias entre, por un lado, miles de productores y, por otro, miles de consumidores, decidiendo el precio que pagan al productor, las características que debe tener el producto, el precio que debe pagar el consumidor… Es lo que se conoce como la teoría del embudo.

Ha sido precisamente la gran distribución la que ha provocado una homogeneización de los productos que podemos encontrar en el supermercado: hallamos alimentos de las mismas marcas y variedades en diferentes establecimientos, incluso en países diferentes. Estas empresas optan por variedades más adaptables a las condiciones climáticas y productos que puedan aguantar miles de kilómetros para enviarlos de una punta a otra del globo, para así expandir el negocio y conseguir mejorar sus beneficios económicos. ¿Kiwis cultivados en Nueva Zelanda? ¿Melones importados de Brasil? Los encontrarás en los supermercados de tu ciudad.

No está todo perdido. Como consumidores podemos conocer e intentar cambiar las condiciones que determinan nuestras compras, informarnos sobre cómo funciona el sistema agroalimentario, demandar medidas políticas para mejorar la salud de toda la población y unirnos con nuestros conciudadanos para crear alternativas de consumo transformador, responsable y consciente.

AutoraCristina Fernández, Periodista & Blogger

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