La transición agroecológica tiene el potencial de lograr un planeta más resistente a la emergencia climática y de revertir muchos de los daños ocasionados por la actividad humana en las últimas décadas.

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©Marta Montmany

La intensificación agrícola que se ha producido desde la llamada “revolución verde” ha tenido una serie de externalidades muy negativas en el medio ambiente, la sociedad y la economía. Con el objetivo de alimentar la creciente población mundial, se ha tratado de maximizar la producción a costa de graves daños en el entorno natural, como la deforestación, la escasez de agua, la pérdida de biodiversidad, y el agotamiento del suelo. Todo esto, mientras más de dos mil millones de personas sufren inseguridad alimentaria. Ante esta situación, es evidente la necesidad de transitar hacia un sistema de alimentación diferente, pero eso conlleva cambios estructurales, según explica el doctor Francesc Xavier Sans, director del Máster en Agricultura Ecológica de la Universidad de Barcelona y del grupo de investigación de Agroecología.

En este contexto, indica, es en el que emerge la agroecología y “pone en cuestión todo el modelo alimentario actual”. Una disciplina transversal que abarca tres dimensiones, la ecológica, la social y la económica. “La población forma parte del reto de producir alimentos de manera eficiente y en equilibrio con el uso de los recursos naturales.”

La Agroecología, una disciplina transversal que abarca tres dimensiones, la ecológica, la social y la económica

En el campo, esta transformación se traduce en prescindir del uso de pesticidas, fomentar la diversificación de los cultivos, mantener áreas de compensación ecológica, es decir, zonas no cultivadas, y asegurar el reciclaje de las materias y la energía, entre otras prácticas enfocadas a la sostenibilidad de la producción. Mientras tanto, en el ámbito social, se trata de promover cuestiones fundamentales como el consumo de proximidad, el aprovechamiento y reciclaje de los restos alimentarios y la evolución hacia dietas más ricas en productos de origen vegetal.

Según los estudios preliminares, en las zonas en las que se ha empezado a aplicar este enfoque agroecológico, aunque solo haya sido a pequeña escala, ya se han detectado importantes impactos positivos en el medio natural, sobre todo en cuanto a la biodiversidad y la calidad del suelo.

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©Bio Eco Actual. Pedro Gumiel cortando una lechuga

La implantación de este nuevo método ha permitido que haya más organismos presentes en los espacios agrarios. Esto no significa que haya más plagas ni más enfermedades, sino que estos entornos “se autorregulan y consiguen ser mucho más autosuficientes y resilientes”, dice el doctor. “Así, los ecosistemas son más capaces de mantener el equilibrio que con los métodos que los han simplificado y hecho altamente dependientes de insumos externos,” añade.

Esto es porque las actividades intensivas van en contra del mantenimiento de los principales aliados de los agricultores, los polinizadores. Según advierte Sans, para asegurar su supervivencia, es necesario evitar el uso de biocidas, que impacta directamente sobre ellos, y también garantizarles el acceso a “recursos para protegerse, reproducirse, y alimentarse, y esto requiere mantener áreas naturales al lado de las áreas cultivadas.”

Por eso, poniendo en práctica los conceptos agroecológicos a gran escala, reverteríamos buena parte de las pérdidas de diversidad biológica que hemos provocado. Conseguiríamos una fauna “al servicio del funcionamiento de estos ecosistemas,” produciendo alimentos de manera más harmónica, con un menor uso de elementos externos, y, además, favoreciendo esas mismas poblaciones de organismos con una mejora del bienestar animal e incluso humano. “Eso será tangible”, asegura el doctor.

El cuidado del suelo es un aspecto primordial frente al reto que supone el aumento en la frecuencia y la intensidad de las sequías debido al cambio climático

Por otra parte, hacer un cambio de modelo también permite aumentar el número de animales que viven en el suelo, desde las lombrices hasta las arañas, pasando por los escarabajos. Estos actores tienen un papel esencial en la protección de los cultivos y el reciclaje de la materia orgánica.

Mantener unos suelos vivos es fundamental,” destaca Sans, puesto que el aumento de la materia orgánica tiene varios efectos. El primero es el de incrementar la fertilidad, dar estabilidad y mejorar el funcionamiento del suelo. El segundo efecto es el aumento de su capacidad de absorción de gases de efecto invernadero. Una misión fundamental dada la situación actual de cambio climático.

Además, un suelo sano conserva mejor la humedad. Según explica Sans, “tener más materia orgánica en el suelo y más cubiertas vegetales va a retener mejor los recursos esenciales, como el nitrógeno, el fósforo y el agua”.

En este sentido, el cuidado del suelo es un aspecto primordial frente al reto que supone el aumento en la frecuencia y la intensidad de las sequías debido al cambio climático. Ante la limitada disponibilidad de agua, su cuidado cobra mayor importancia. La producción intensiva de alimentos también tiene un impacto negativo en los hábitats acuáticos de su entorno. Los nitratos procedentes de los purines de la ganadería industrial, por ejemplo, contaminan las aguas freáticas, de ahí, pueden llegar a los ríos y después al mar. De nuevo, una transformación del modelo alimentario puede ser la solución. “Siguiendo los principios de la agroecología, el impacto sobre los entornos cercanos es mucho menor y en ese sentido, ya estaríamos restaurando los ecosistemas,” afirma Sans.

Estos son solo algunos de los muchos beneficios que puede traer una transición agroecológica. Al fin y al cabo, se trata de compatibilizar la producción de alimentos con el mantenimiento de los recursos naturales y la justicia social. Un reto global, europeo, nacional y local. Incluso, un reto particular, pues si la población reclama una alimentación sana y no contaminante, eso determinará todo el mecanismo de producción.

Autora: Clara Ceballos, Periodista especializada medio ambiente

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