La mejora de los cultivos es tan antigua como la propia agricultura. Desde que el ser humano empezó a plantar semillas hace miles de años, ha seleccionado las plantas más fuertes, las más sabrosas o las que mejor resistían el frío. Esto es la mejora clásica: cruzar plantas de forma natural y esperar a que la descendencia combine lo mejor de cada una. Es un proceso lento, basado en la paciencia y el ritmo de la naturaleza.
A finales del siglo XX, la ciencia dio un salto gigantesco con los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), conocidos popularmente como transgénicos. Aquí ya no se espera la suerte del cruce: se introduce en el laboratorio un gen de otra especie (por ejemplo, una bacteria) para darle a la planta una nueva propiedad, como la resistencia a una plaga. Consciente del riesgo potencial, Europa hizo una ley estricta en 2001: cualquier OMG debe evaluarse a fondo, debe detectarse en los laboratorios y, sobre todo, etiquetar claramente para que el consumidor pueda elegir en libertad.
Hoy, el panorama ha cambiado radicalmente. Acaba de publicarse el nuevo reglamento sobre las Nuevas Técnicas Genómicas (NTG), un conjunto de herramientas de laboratorio (como las famosas tijeras genéticas CRISPR) que permiten modificar el ADN de la planta sin necesidad de añadir genes de otras especies, sino cortando y editando sus propios genes. Después de esta publicación, el cambio de las reglas del juego es ya una realidad jurídica.
El peligro de la Categoría NTG-1: transgénicos invisibles
La nueva ley europea divide a las plantas modificadas por NTG en dos categorías, y es aquí donde saltan todas las alarmas y críticas de científicos, agricultores y ecologistas.
La categoría NTG-2 incluye las modificaciones más complejas y mantendrá ciertos controles y la obligación de un etiquetado. Pero la gran polémica reside en la Categoría NTG-1, que se aplica a variedades con pocas modificaciones (menos de veinte cambios genéticos), que la normativa considera equivalente a una planta que se podría obtener por mejora clásica o por mutaciones naturales.
¿El resultado práctico? Una desregulación casi total de las variedades NTG-1, que se podrán comercializar sin ningún tipo de etiquetado obligatorio. Usted irá al súper, comprará unos tomates o una bolsa de patatas modificadas en el laboratorio y no tendrá ninguna forma de saberlo, ya que en el envase no habrá ninguna referencia. Se ha eliminado de un plumazo el derecho fundamental a la información del consumidor.
Se ha eliminado de un plumazo el derecho fundamental a la información del consumidor
Una anomalía inexplicable: un experimento a cielo abierto
Desde las instituciones y laboratorios de las grandes multinacionales se repite el mantra de que estos vegetales son absolutamente seguros. Pero lo cierto es que la ciencia no tiene constancia de su seguridad para la salud humana y los ecosistemas a largo plazo.
La aprobación de esta normativa permite, en la práctica, la liberación intencional de estas variedades en el medio ambiente sin restricciones reales. Esto supone una auténtica anomalía en el ámbito de los organismos genéticamente modificados. Cuando la modificación se utiliza, por ejemplo, en el campo de la medicina (como para la creación de fármacos), el control es absoluto y estos organismos tienen prohibido estrictamente salir de los laboratorios o las fábricas. Nunca se pueden liberar en el medio porque se desconocen sus efectos sobre el entorno.
Sin embargo, con las variedades vegetales destinadas a nuestra alimentación (ya sean viejos OMG o nuevos NTG) se hace todo lo contrario: se da un cheque en blanco a las empresas desarrolladoras para sembrarlas a cielo abierto. Una vez plantadas, el polen viajará con el viento y los insectos, mezclándose irreversiblemente con los cultivos tradicionales, en un viaje sin vuelta atrás.
Una vez plantadas, el polen viajará con el viento y los insectos, mezclándose irreversiblemente con los cultivos tradicionales, en un viaje sin vuelta atrás
El vacío analítico: blindados contra el control
Existe una diferencia técnica crucial entre los viejos OMG y los NTG. Los transgénicos clásicos dejan una “huella” muy obvia (el gen externo), lo que permite a los laboratorios diseñar test para detectarlos.
Con las NTG, en cambio, muchas modificaciones son idénticas a las mutaciones que podrían pasar espontáneamente en la naturaleza, especialmente los NTG-1. Científicos y genetistas advierten que, hoy en día, no existen métodos analíticos viables para distinguir si un cambio en el ADN ha sido provocado por una tijera genética. Y si no se pueden detectar, ¿cómo se garantizará que no contaminen la agricultura ecológica, que los tiene prohibidos? La falta de control es absoluta.
El espejismo climático y la trampa de las patentes
La gran justificación de esta ley ha sido una intensa campaña de marketing: venden estas técnicas como un avance indispensable para conseguir plantas súper adaptadas al cambio climático, resistentes a la sequía o enriquecidas con más nutrientes, beneficiosas para la sociedad. Pero la realidad del mercado nos dice todo lo contrario. Si miramos la lista de OMG patentados y comercializados a escala global, la inmensa mayoría no están pensadas para resistir el clima, sino para tolerar el uso masivo de determinados herbicidas, comercializados por las propias multinacionales. El beneficio no es social, es un modelo de negocio redondo.
Las variedades NTG son completamente patentables, lo que permite registrar secuencias genéticas enteras. Hasta ahora, con la mejora clásica, los agricultores podían guardar parte de la cosecha para la siembra del año siguiente, o utilizar variedades propias para adaptarlas localmente.
Con la privatización de las semillas mediante patentes, un puñado de grandes corporaciones pasarán a controlar la base de la alimentación europea
Con la privatización de las semillas mediante patentes, un puñado de grandes corporaciones pasarán a controlar la base de la alimentación europea. Si a un labrador se le contamina involuntariamente su campo con polen del vecino que cultiva una variedad NTG patentada, puede acabar enfrentándose a demandas judiciales por violación de la propiedad intelectual. Los agricultores corren el riesgo de convertirse en meros inquilinos de semillas y compradores cautivos de productos químicos, perdiendo su autonomía.
En definitiva, bajo la falsa promesa de la sostenibilidad, Europa ha aprobado una normativa que esconde la letra pequeña de la desregulación, la falta de transparencia y un favor desmedido a la industria. El debate no ha hecho más que empezar, pero los campos europeos se enfrentan ya a una transformación irreversible.
Autor: Isidre Martínez, Ingeniero Agrónomo.
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