La resistencia a los antibióticos es uno de los mayores retos de salud pública. Aparece cuando las bacterias dejan de ser sensibles a los tratamientos habituales, lo que dificulta la curación de infecciones que antes eran sencillas. No es un problema lejano ni exclusivo de los hospitales: empieza en muchos lugares, también en la cadena alimentaria. No son las personas que se vuelven resistentes, son las bacterias las que se vuelven resistentes y como consecuencia, algunos antibióticos dejan de funcionar. Por ello, se necesitan tratamientos más largos, más costosos, y aumenta el riesgo de complicaciones. Por eso es tan importante conocer cómo y dónde circulan los genes de resistencia, también en la cadena alimentaria.

Conceptos claves para entender el problema
Para entender la resistencia, conviene recordar un concepto básico: el ADN es la molécula que contiene la información genética de todos los seres vivos. Está formado por cuatro unidades químicas, A, T, C y G, que funcionan como un código; la combinación de estas unidades da lugar a los genes, que dan las instrucciones a las células para realizar las funciones esenciales.
En las bacterias, algunos genes contienen mecanismos muy eficaces de defensa frente a los antibióticos: les permiten neutralizarlos, expulsarlos o modificar la diana donde actúa el medicamento. Y lo más preocupante es que estos genes pueden moverse de una bacteria a otra, incluso entre especies distintas. Conocerlos y ver cómo se transmiten nos ayuda a comprender cómo surgen las resistencias y cómo viajan por la cadena alimentaria. El conjunto de todos los genes de resistencia presentes en un alimento o en su entorno se denomina resistoma.
Cada vez encontramos infecciones más difíciles de tratar, y algunos fármacos pueden dejar de funcionar justo cuando más los necesitamos
Un estudio europeo sin precedentes
Para conocer mejor este fenómeno, varios centros de investigación europeos, entre ellos el CSIC en España, llevaron a cabo el estudio más exhaustivo realizado hasta la fecha. El proyecto analizó más de 2.000 muestras tomadas en 100 empresas de 17 países europeos, que incluían alimentos listos para consumo, materias primas, agua, equipos y superficies de procesamiento. Este análisis tan amplio permitió obtener una «fotografía microbiológica» de toda la cadena alimentaria. Los resultados, publicados en Nature Microbiology, subrayan la necesidad de considerar la resistencia antimicrobiana como un fenómeno que empieza mucho antes de llegar al hospital.
Hallazgo clave: los genes de resistencia están muy presentes
El estudio detectó que más del 70% de los genes de resistencia conocidos aparecen en algún punto de la cadena alimentaria. Además, 6 de cada 10 muestras contenían al menos un gen de resistencia. Los genes más frecuentes otorgaban resistencia a familias de antibióticos de uso habitual en medicina humana y veterinaria: Tetraciclinas, Betalactámicos (como amoxicilina), Aminoglucósidos (como neomicina) y Macrólidos (como azitromicina).

¿En qué bacterias se encontraron estos genes?
El estudio identificó que distintas bacterias: algunas muy conocidas por causar infecciones humanas, E. coli, S. aureus, K. pneumoniae; y otras típicas del entorno alimentario, S. equorum, A. johnsonii, portaban genes de resistencia en su ADN. Esto significa que estas bacterias tienen la capacidad de sobrevivir a determinados antibióticos y, por tanto, pueden participar en la expansión de estas resistencias.
Además, cerca del 40% de los genes identificados estaban asociados a elementos genéticos móviles, es decir, fragmentos de ADN que actúan como vehículos capaces de trasladar fácilmente estos genes entre bacterias. Esta movilidad acelera su expansión y convierte a la cadena alimentaria en un punto clave para vigilar el fenómeno.
¿Y qué ocurre con la producción ecológica?
Las granjas ecológicas utilizan menos antibióticos, y esto suele traducirse en niveles más bajos de bacterias resistentes. Una revisión de 72 estudios en 22 países encontró un promedio del 28% de resistencia en granjas convencionales frente al 18% en las ecológicas (Ager et al., 2023).
No son las personas que se vuelven resistentes, son las bacterias las que se vuelven resistentes y como consecuencia, algunos antibióticos dejan de funcionar
El modelo ecológico, por tanto, reduce la presión antibiótica, pero no puede eliminar por completo la circulación de bacterias resistentes, porque estas forman parte del entorno natural. El suelo, el agua, el estiércol procedente de otras explotaciones o la fauna silvestre pueden introducir bacterias resistentes en cualquier granja, también en las ecológicas. Por eso, aunque la resistencia es menos frecuente, no desaparece por completo.
Un estudio estadounidense mostró que las granjas avícolas que pasaron a producción ecológica redujeron significativamente los Enterococcus resistentes y multirresistentes (Sapkota et al., 2011). De forma similar, una revisión sistemática (Miranda et al., 2019) confirmó que las resistencias en sistemas ecológicos no son inexistentes, pero sí notablemente más bajas que en producción convencional.
La importancia de la resistencia a los antibióticos
Las resistencias a los antibióticos tienen consecuencias muy relevantes para la salud. Cada vez encontramos infecciones más difíciles de tratar, y algunos fármacos pueden dejar de funcionar justo cuando más los necesitamos. La eficacia de los antibióticos es un recurso limitado, y protegerlo depende de todos: profesionales sanitarios, sector alimentario y ciudadanía.
Autora: Dra. Marta Castells, Farmacéutica
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