Eso de que “antes duraba todo más…”, o “me sale más caro repararlo que comprar uno nuevo” son comentarios cotidianos, cada vez más frecuentes. ¿Quién no se ha encontrado en esta paradójica situación? Móviles, electrodomésticos, ordenadores, piezas de automóvil… Hablamos hoy de la obsolescencia programada.

bombillas obsolescencia programada

Se calcula que el 80% de los productos y materiales que pasan por las manos de un consumidor se convierten en basura a los pocos meses. El informe “What a Waste”  del Banco Mundial estima que la cantidad de residuos sólidos que se recogen anualmente en todo el mundo aumentará hasta un 70% para el año 2025: de los 1300 millones de toneladas que generamos actualmente se prevé que llegaremos a los 2200 millones de toneladas al año.

La fabricación de muchos de los productos que utilizamos diariamente, conlleva una extracción masiva de sustancias minerales, altos costes energéticos  y gran cantidad de emisiones de residuos, la mayoría de ellos tóxicos, en sus distintas fases de la cadena productiva, incluida la  basura electrónica. La revista World Watch publicaba hace unos años que el 15% de la población de los países industrializados consume el 61% del aluminio, el 60% del plomo, el 59% del cobre y el 49% del acero de todo el mundo.

Y, curiosamente, mientras el progreso tecnológico avanza hacia la fabricación de dispositivos electrónicos cada vez más diminutos, el impacto ambiental de los mismos crece. Montañas de ordenadores, televisores, electrodomésticos, lectores de DVD o teléfonos móviles terminan en los contenedores de basura, generando diversos riesgos de contaminación.

150 millones de ordenadores son transportados cada año a los vertederos de los países más desfavorecidos

Pero, ¿cómo puede ser que con la tecnología de la que disponemos hoy en día, los productos de consumo duren cada vez menos?  La respuesta está en la llamada “obsolescencia programada”, es decir, la manipulación de los productos para determinar su ciclo de vida útil. El concepto nació de la mano de un cártel de productores de bombillas de todo el mundo llamado, Phoebus. Tras la reunión en Ginebra, en diciembre de 1924, este cártel comenzó a desarrollar una serie de prácticas como el control monopolizado del producto y la planificación de su consumo por la sociedad. Los fabricantes empezaron a acortar la vida de los productos para aumentar las ventas. Diseñadores e ingenieros tuvieron que empezar a cambiar objetivos y crear algo más frágil. Así se comenzó a hacer girar la rueda de la economía de consumo.

En aquel momento, aproximadamente el 60% de la riqueza mundial estaba en manos del 40% de la población. Actualmente, el 92% de la riqueza mundial está en manos del 8% de la población.  Por otro lado, según el Informe del Worldwatch Institute “La Situación del Mundo 2013”, “solo el 11% de la población mundial genera alrededor de la mitad de las emisiones de CO2.” Son datos que, claramente, cuestionan la sostenibilidad de este modelo.

«Así se comenzó a hacer girar la rueda de la economía de consumo»

El primer producto al que se le aplicó la obsolescencia programada fue, por tanto, la bombilla. Desde que en 1881 Edison la patentara, y con todos los avances tecnológicos que tenemos, cabría pensar que las bombillas que utilizamos hoy en día debieran ser mejores que las de entonces pero lo cierto es que no es así. Y no porque no tengamos la capacidad necesaria para hacerlo, sino porque los fabricantes las hacen, a propósito, con una programación de vida limitada. Pero, ¿es posible el crecimiento de la economía sin obsolescencia programada  y su consecuente impacto medioambiental?

Benito Muros, inventor de la bombilla IWOP, lo ha demostrado. Esta bombilla dura toda la vida y es la única del mundo reparable y actualizable. Según este empresario español, “necesitamos un modelo económico diferente, que no esté basado en el consumismo. Al fabricar una bombilla sin esa obsolescencia programada”, dice Benito Muros, “he querido demostrar, porque no me creían…, que es posible crear una empresa que no tenga como objetivo principal conseguir beneficios económicos, sino sociales”.

Autora: Marta Gandarillas, periodista

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