“Hace falta estar loco o ser economista, para creer que el crecimiento puede ser ilimitado en un planeta con recursos finitos”. Con esta frase, Serge Latouche, el prestigioso economista francés, autor de la “Teoría del decrecimiento”, alerta con cierto humor, que vivimos en una sociedad en la que el consumo ha dejado de ser una manera de satisfacer nuestras necesidades para convertirse en un fin en sí mismo y que si no apostamos por otra forma de hacer las cosas, estamos abocados al desastre. Hablamos hoy de la obsolescencia percibida y de la obsolescencia programada.

obsolescencia programada

En el último informe “Planeta vivo” de WWF se advertía que “actualmente utilizamos un 50 por ciento más de recursos de los que la Tierra puede proveer y que, a menos que cambiemos de rumbo, esa cifra crecerá muy rápido: en 2030, incluso dos planetas no serán suficientes”.

En este sentido, la obsolescencia programada, de la que ya empezamos a hablar en el número anterior, es decir,  la caducidad deliberada y prediseñada por los fabricantes para acortar la vida útil de los artículos, resulta ser la clave de un consumismo descontrolado que es urgente frenar.

Cada año, los aparatos electrónicos, los electrodomésticos, los dispositivos, los coches… introducen “mejoras” en la fabricación, que se traducen en una mejor funcionalidad. Mejoras que, sin embargo, no significan que se alargue la vida del artículo en sí. Pero no sólo ocurre en  el sector de la electrónica o la automoción. La ropa, el calzado, los juguetes, los libros de texto….: la moda de una temporada a otra, cambian los formatos y las tendencias.

Es así como entra en juego otro tipo de obsolescencia: la denominada obsolescencia percibida. Se trata de los intentos deliberados, por parte de las empresas, de generar el deseo de comprar  nuevos productos para mantenerse al día en las últimas tecnologías o tendencias. En este sentido, la publicidad es también un eje clave. Según los últimos estudios, recibimos una media de 3000 anuncios publicitarios al día.

Sin embargo, es precisamente, en este tramo de la cadena, donde los consumidores debemos intentar ser más conscientes de nuestra capacidad de decisión y plantearnos nuestra responsabilidad en esta espiral de consumo en la que hipotecamos nuestro futuro por cosas que no necesitamos, endeudándonos para consumirlas y trabajando para pagar una deuda cada vez mayor.

¿Qué podemos hacer como consumidores ante la obsolescencia programada – obsolescencia percibida?

  1. De entrada, aunque nos lo pongan difícil,  ser conscientes de que al consumir, estamos decidiendo sobre el modelo que queremos.
  2. Antes de comprar, reflexionar y asegurarnos de que realmente lo necesitamos. La situación actual de nuestro país está siendo determinante para dejar de comprar cosas que no necesitamos con el dinero que no tenemos. Pero ésta debiera ser una opción más que una obligación.
  3. Si somos “manitas” o conocemos a alguno cercano, intentar reparar. Y en cualquier caso, de no ser posible, acudir a un punto limpio. También existen colectivos que ayudan a resolver los fallos de los aparatos para darles una vida más larga que la prevista.
  4. Compartir los productos duraderos que ya no queremos y antes de tirarlos averiguar si pueden ser útiles a alguien de nuestro entorno o a alguna ONG, asociación, centro de acogida…
  5. Comprar de segunda mano, alquilar…pueden ser opciones interesantes en muchos de los productos que consumimos, antes de lanzarnos a comprar uno nuevo. Además se volvería a crear empleo en este sector.
  6. Procurar buscar productos diseñados para ser desmontados, reparados y reciclables. Además elegir aquellos dispositivos que sean de fácil manejo y, a ser posible, que no dependan de fuentes energéticas contaminantes (por ejemplo, elegir solar antes que pilas).
  7. Y sobre todo, intentar estar más informados y conocer más sobre los productos y las empresas a las que compramos. Apoyar a las empresas que fabriquen productos limpios y con mayor durabilidad y, en la medida de lo posible, de fabricación local. Practicar la compra en el comercio de barrio.La tecnología lo permite y el planeta lo agradece.

El crecimiento sin la caducidad programada y sin el perjuicio a nuestro medio ambiente ya es una realidad que algunos están llevando a cabo.

No solo decidimos en las urnas, también al producir y al consumir

Autora: Marta Gandarillas, periodista

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