Los conceptos globales, como articulación integrada de caracteres individuales, pueden tener una vida efímera, quedar superados o, peor aún para su reconocimiento desde el exterior, integrados y diluidos en otros conceptos de los que se convierten en elemento integrante marginal, ni siquiera vertebrador del nuevo concepto. Si este axioma afecta a cualquier idea, ya vieja desde el segundo siguiente a su creación, es especialmente activo en su corrosión cuando se aplica a juicios o valoraciones de carácter comercial, dirigidas al mercado.

El concepto de la EcoReconversión

Es imposible blindar las ideas al paso del tiempo. Al igual que es imposible frenar la permeabilidad de las buenas ideas. Las marcas, sellos, denominaciones y demás inventos comerciales garantistas en uno u otro sentido hay que concebirlos como entes en movimiento, retroalimentados entre sí y en  continua competición en su adaptación al medio. La supervivencia del artículo en concreto dependerá de su facilidad para, acondicionando el producto a un cambio constante, mantener los criterios que lo definen e individualizan con respecto a los demás.

El producto ecológico nace como una alternativa “natural” a la producción convencional, sin trazas químicas ni orgánicas, enfocándose la promoción de sus bondades bajo el paraguas de la salud y la vida saludable. Ni más, ni menos. Ahí comenzó y ahí sigue. Fue novedoso, fue transgresor, fue atractivo. El tiempo verbal está escogido con toda intencionalidad.

El tiempo, que todo lo trastoca, ha ido imponiendo al mercado otros baremos de identificación de un producto que, pudiendo integrarse en un artículo “ecológico”, van mucho más allá de él. De alguna manera lo dejan “pequeño”.

Es lo ocurrido, en parte, con el concepto de “consumo responsable” a cuya sombra han surgido multitud de firmas que compiten, también, en el nicho del cliente “ecológico”. La idea de consumo responsable integra muchas variables dependiendo del interés individual de cada cual. Son muchos los etiquetados que garantizan, dentro de su “naturalidad”, unos niveles de bienestar animal más altos de los ofrecidos por los productos ecológicos y sobre este punto ya he hablado anteriormente. Pero el consumo responsable no acaba aquí.

Trasciende la esfera de lo “natural” para, integrándolo, aterrizar en una especie de ecologismo socio medioambiental. Defensa a ultranza de razas o especies de animales y plantas genuinamente locales, métodos de transformación de raigambre tradicional, sistemas de gestión industrial o de comercialización que impliquen el desarrollo de economías de escala locales, apuesta por las unidades de producción familiares, pequeñas e integradas en la economía comarcal. Al calor de este fuego han surgido empresas, o cooperativas, o denominaciones de origen que rellenan este hueco que el producto “ecológico” no supo integrar

Un ejemplo de alguien que sí supo hacerlo, con pingües beneficios: la etiqueta «Label Rouge» francesa, cuya página web invito a visitar para saber de lo que estoy hablando.

La parte “responsable” en el acto de compra de un producto “ecológico” no puede limitarse a la “naturalidad del mismo” sino que debe integrar sin complejos otros aspectos de ecología social y medioambiental de las poblaciones de origen que sin menoscabar su sentido “natural”, lo complementen. De lo contrario, corre serio peligro de verse “superado”.

Autor: Alberto Díez Michelena, director de la Asociación Nacional para la Defensa de los Animales

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