Hoy no voy a hablar de alimentos, nutrientes o enfermedades. Hoy quiero hablar de un tema que percibo muy relevante y que genera mucho sufrimiento soterrado en cada vez un mayor número de personas; la mayoría mujeres, pero no exclusivamente. Estoy hablando de la forma que toma nuestra relación con la comida.

¿Cómo es tu relación con la comida?

Para muchas personas la relación con la comida es cada vez más difícil, de forma que un acto que en su origen es natural, sencillo, lleno de placer y alegría, como es el comer, se convierte en una fuente de angustia, preocupación, culpa, suplicio, lleno en sí mismo de connotaciones negativas. Y no me refiero a situaciones más extremas como la anorexia y la bulimia, sino a una preocupación constante por comer o no comer, por qué comer, por no engordar y por mantener una imagen socialmente aceptable.

Son muchas las presiones a las que nos vemos sometidos en esta sociedad cada vez más voraz

La disponibilidad de alimentos a todas horas y en todas partes (muchos de ellos adictivos), el marketing y la publicidad que nos encarcelan en el poder de la vista y la imagen, y las dinámicas psicológicas de cada individuo en su familia, co-crean (simplificando un tema multifacético y profundo) esta situación.

La solución es compleja y no es unilateral

En mi experiencia en consulta, la solución pasa en primer lugar por pararnos y admitir que algo no anda bien, que la cantidad de energía mental que consumimos en este tema es cuando menos sospechoso: ¿Estás tranquilo entre comidas o estás pensando en comer? ¿Cuantas veces te pesas a la semana? ¿Es la comida tu única fuente de placer? ¿Comes sin hambre? Cuándo te llenas, ¿dejas de comer? ¿Te obsesionas contando y midiendo?…

Después podemos identificar todo un abanico de emociones que queremos apartar o enterrar con la comida (soledad, vacío, tristeza, rabia, frustración, cansancio, aburrimiento, control excesivo, impaciencia, cólera, disgusto, ansiedad, estrés…). La terapia es de gran ayuda para integrar estas emociones en nuestra vida, darles un sentido, y así poder transformarlas. Y por último, podemos incorporar la práctica de la meditación o el mindfulness cuando vayamos a comer, estando cada vez más atentos  a las señales de hambre o de saciedad de nuestro cuerpo.

Todo ello con el fin de crear un espacio amoroso y compasivo dentro de nosotros, donde poder restablecer un vínculo saludable con los alimentos que en algún momento de nuestra vida se perdió o se vio dañado. Podremos recuperar la satisfacción de comer y sentirnos en paz.

Autora: Dra. Eva T. López Madurga. Médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública. Consultora de Nutrición, Macrobiótica y Salud Integral www.doctoraevalopez.com

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