Uno de los argumentos más frecuentes en contra de la alimentación ecológica es su precio. Es verdad que suele ser más elevado comprar, por ejemplo, un tomate ecológico que uno convencional, pero, si tenemos en cuenta todo el proceso de producción, ¿son realmente los alimentos ecológicos más caros que los convencionales?

Alimentación ecológica: ¿más cara que la convencional?

La agricultura ecológica no emplea productos químicos de síntesis ni organismos genéticamente modificados, persigue preservar el medio ambiente, mantener o aumentar la fertilidad del suelo y ofrecer alimentos con todas sus propiedades naturales. En la ganadería ecológica, los animales tienen un grado de bienestar superior al de la convencional y son alimentados con piensos ecológicos.

El sistema de producción de un alimento ecológico y uno convencional no es igual, y de ahí vienen los distintos precios. Éstos difieren bastante dependiendo del producto: hay algunos con precios similares y otros muy dispares. Por ejemplo, entre un aceite de oliva virgen extra de oliva de arbequina convencional y uno ecológico hay poca diferencia porque la elaboración es similar. No pasa lo mismo si hablamos de animales: un pollo alimentado con cualquier tipo de pienso, administrándole antibióticos cada día y encerrado en un espacio reducido en una nave sin ver la luz del sol sale más barato que uno criado con piensos ecológicos en una granja con acceso al exterior. El encarecimiento de los productos eco también se debe a que el sector tiene un mercado más pequeño.

¿Están los alimentos convencionales pagando sus costes reales?

Un estudio sobre el agua elaborado por el Ministerio de Ecología, Desarrollo Sostenible y Energía francés en 2011 reveló los gastos adicionales generados por la contaminación por pesticidas y fertilizantes nitrogenados de la agricultura convencional en los cursos de agua: entre unos 1.005 y 1.525 millones de euros, de los que entre 640 y 1.140 millones de euros iban incluidos en las facturas del agua de los ciudadanos.

Este tipo de sustancias químicas también daña los suelos, acaba con la vida de las abejas y es responsable de hasta el 10% de la emisión global de gases con efecto invernadero, según datos de la oenegé Grain.

El uso intensivo de los recursos que hace el sistema alimentario actual tiene un alto coste para el medio ambiente y nuestra salud

En el trabajo El coste oculto de la comida en Reino Unido de la organización Sustainable Food Trust, los expertos han calculado que el coste real de los alimentos producidos convencionalmente es el doble del precio de mercado. Porque ocultan gastos causados por el modelo de agricultura y ganadería convencional, sumas que acabamos pagando los consumidores indirectamente mediante impuestos, seguros médicos, subsidios al sector agrícola y ganadero, y pérdida de ingresos.

Las prácticas agrícolas convencionales se centran en los monocultivos y en el empleo de fertilizantes y plaguicidas que contaminan los cultivos y las aguas subterráneas. Por su parte, las granjas industriales, además de convertir en meras máquinas a seres vivos, contribuyen a la degradación de la tierra y del agua, la contaminación atmosférica y la pérdida de biodiversidad.

De hecho, el sistema de alimentación convencional es el principal causante del cambio climático, cuyos efectos como las sequías y la desertificación castigan con más fuerza a los países más pobres. Y a la vez, estos países ven como les son arrebatadas sus tierras por países como Estados Unidos o China.

Asimismo, la búsqueda de beneficios económicos ha provocado la mercantilización de la comida en manos de unas pocas multinacionales que en busca del máximo beneficio eliminan variedades y homogeneizan el mercado con el riesgo que ello comporta.

Alimentación ecológica: ¿más cara que la convencional?

Así pues, el uso intensivo de los recursos que hace el sistema alimentario actual tiene un alto coste para el medio ambiente y nuestra salud. Porque además de destruir nuestro hogar -el planeta-, el modelo convencional también daña directamente nuestros organismos por su empleo excesivo de plaguicidas y antibióticos, que llegan a nuestros platos camuflados en manzanas, lechugas o filetes de ternera. La exposición de la población a estas sustancias se relaciona con problemas hormonales, malformaciones congénitas, pérdida de fertilidad, daños en el sistema inmune, autismo, diabetes y diversos tipos de cáncer, entre otros.

“Los plaguicidas peligrosos se utilizan en exceso, lo cual provoca daños a la salud humana y los ecosistemas de todo el mundo, y esa utilización tiene visos de aumentar en los próximos años”, detalla en un informe de 2017 la relatora de Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, Hilal Elver.   

Por si fuera poco, la estrategia de aumentar la producción a cualquier precio no ha erradicado el hambre (no hace falta producir más alimentos sino distribuirlos mejor), pero sí que ha provocado “una epidemia global de obesidad”, tal y como afirma el Director General de la FAO, José Graziano da Silva. “Necesitamos promover un cambio transformador en la forma en que producimos y consumimos alimentos. Tenemos que proponer sistemas alimentarios sostenibles que ofrezcan alimentos saludables y nutritivos, y también preservar el medio ambiente. La agroecología puede ofrecer algunas aportaciones a este proceso”, explicaba Graziano da Silva.

Es más, varios informes de las Naciones Unidas consideran que las plantaciones ecológicas locales de pequeño tamaño, que pueden proporcionar productos variados, frescos, de proximidad, libres de contaminantes y asequibles, son la mejor manera de alimentar al mundo sin comprometer el futuro del planeta.

Estamos acostumbrados a comprar productos baratos sin plantearnos por qué tienen ese bajo precio ni quiénes lo están o estamos pagando; pero en nuestras manos, con pequeños gestos, podemos intentar conseguir un modelo más justo y sano. ¿Qué coste real estamos dispuestos a pagar?

Autora: Cristina Fernández, periodista & blogger www.paladarvegano.blog

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