Uno de los servicios ecosistémicos, realizado por los suelos para garantizar la vida, es el filtrado, amortiguación y transformación de los contaminantes, con los consiguientes beneficios sobre la productividad, la salud de los cultivos, la vida edáfica, la calidad del agua y la seguridad de la vida humana y animal. Pero todo tiene un límite.

El necesario proceso detox de nuestros suelos de cultivo

Pensemos un momento en el suelo de cultivo. Alguna vez nos hemos preguntado ¿cómo hace para soportar en su seno, toda la cantidad de componentes tóxicos que conlleva la práctica de la actividad agraria industrial? Quizás lo más fácil –y preocupante al mismo tiempo- sea pensar que se acumula y luego se reparte la carga tóxica entre los cultivos, la edafobiodiversidad, el agua subterránea y los componentes, dejando un poco para la atmosfera en forma de gases de diferente acción nociva.

Quizás la opción más ampliamente aceptada por una mayoría de la ciudadanía adoctrinada es que no existe contaminación o si existe es a niveles muy bajos, porque cómo sería posible, ¿que se consintiese a nivel gubernamental ese proceso de toxicidad continuada para producir alimentos a costa del recurso y de la salud de la población?

El conocimiento es importante para recuperar la capacidad de opinar y actuar en consecuencia, conozcamos brevemente de qué estamos hablando. La contaminación del suelo de cultivo, hace referencia a un estado de alteración química producido por la acumulación de sustancias tóxicas –mayoritariamente producto de la actividad agraria como biocidas, metales pesados, hidrocarburos, compuestos orgánicos persistentes, fertilizantes químicos, antibióticos– en unas concentraciones que superan el poder de amortiguación natural del suelo.

El conocimiento es importante para recuperar la capacidad de opinar y actuar en consecuencia

La capacidad de amortiguación, es decir la capacidad de “acumular sin mostrar sintomatología”, es la suma de propiedades específicas del suelo, relacionadas con su  potencial para atenuar la acción o la concentración de esos elementos contaminantes mediante: reacciones y procesos físicos y bioquímicos regulados por los componentes del suelo, como el contenido de arcillas,  el ph, el potencial redox, la capacidad de intercambio, la materia orgánica, la temperatura, la humedad; mediante la protección por  niveles de organización como la estructuración o la humificación y mediante la actividad detoxificadora del medio vivo –plantas, macro y microorganismos-.

Estos procesos y componentes retienen, reducen o degradan los  contaminantes y son un seguro natural de protección en tiempo real; sin embargo al igual que podría suceder a un nivel de organismo, aquí también hay un límite, un nivel de carga tóxica que una vez superado puede resultar en la degradación y en la pérdida de la funcionalidad del suelo de forma irreversible y ese nivel de toxicidad va a depender no sólo de las características de los contaminantes –origen, biodisponibilidad, nivel de persistencia y movilidad- sino también del estado de vulnerabilidad en el que se encuentre el suelo.

El necesario proceso detox de nuestros suelos de cultivo

La vulnerabilidad del suelo nos dice que es un recurso finito y no renovable a la escala de tiempo que vive un ser humano y está en relación directa con el cambio de uso y el manejo. Parece evidente que, con la producción industrial a gran escala, nos estamos cargando nuestro futuro y nuestro presente.

La FAO (2019) en su informe “La contaminación del suelo: una realidad oculta” explica, como este hecho plantea un enorme desafío; reduce la seguridad alimentaria al disminuir el rendimiento agrícola debido a los niveles tóxicos de contaminantes y al hacer que los cultivos producidos sean inseguros para el consumo. En el estudio, son numerosas las referencias científicas que hablan de la disminución del rendimiento de nuestros cultivos en suelos con elevada carga tóxica por disminución de la biodiversidad edáfica funcional, por deterioro de su estructura, por desequilibrios en la dinámica de los nutrientes, por interactuar con otros procesos degradativos como la erosión y así un largo etcétera de causas.

Pero también hace mención el texto, a algo menos evidente por silenciado, la relación que existe entre la salud del suelo y la salud humana; relación que ya quedó científicamente evidenciada en la conferencia que sobre esta temática celebró en octubre de 2018 el Soil Health Institute (SHI) (Morrisville, EEUU). En dicho evento se sentaron las bases de una agenda de colaboración futura entre médicos y expertos en las ciencias del suelo, concluyendo que el buen manejo del suelo es «un desafío existencial a día de hoy».

Con la producción industrial a gran escala, nos estamos cargando nuestro futuro y nuestro presente

Actualmente, existen nuevos enfoques y tecnologías emergentes para el tratamiento de suelos agrícolas contaminados, entre los que se incluyen medios como la remediación electrocinética, la biorremediación o la fitorremediación. Pero ¿no sería una mejor opción detener las prácticas que la generan? Acabar de una vez con ese modelo de agricultura y ganadería que precisa de envenenar para producir supuestamente alimentos.

Sabemos que sólo una gestión agraria basada en el mantenimiento de suelos vivos, fértiles, resilientes está suficientemente preparada para minimizar el impacto de las prácticas productivas sobre el suelo; en el caso de la producción con bases agroecológicas está comprobado en la práctica y basado en la ciencia, no sólo la eliminación de los contaminantes edáficos en el proceso de transición, sino también la desaparición de los mismos en los agrosistemas y en la cadena alimentaria.

Para mí, la frase “desafío existencial” es lo mismo que decir no tenemos más tiempo para pensar, es ahora o puede ser nunca. Lo evidente es reconsiderar que el suelo necesita un proceso sanador. Mi admirado Claude Auberg (2007) lo expresaba de esta manera “es un gran error seguir dedicando tanto a curar y tan poco a prevenir”. Nos vale su reflexión también para estos momentos de crisis sanitaria y evolutiva.

Autora: Juana Labrador Moreno, Dra. en Biología y Profesora de Agroecología en la Escuela de Ingenierías Agrarias de la Universidad de Extremadura.

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