Este domingo, 28 de marzo, cambiamos la hora y entramos en horario de verano. Por ello, a las 02.00 horas de la madrugada tendremos que adelantar los relojes para que marquen las 03.00 horas. Una directiva de la Unión Europea que tiene el objetivo de aprovechar la luz natural en horario laboral. Pero, ¿representa, de verdad, un ahorro energético?

ahorro energético

Cada año cambiamos la hora en dos ocasiones: en marzo y en octubre. Esta costumbre empezó a aplicarse de forma generalizada en 1974, tras la primera crisis del petróleo, con el objetivo de aprovechar mejor la luz solar y, por ende, consumir menos electricidad en horario laboral, para así evitar que las empresas mantengan las luces encendidas durante tanto tiempo, dado que se estima que son responsables del 80% del consumo energético de todo el país.

Sin embargo, entidades ecologistas la consideran una estrategia insuficiente para conseguir un ahorro verdadero.

Medida insuficiente

Según datos del Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE), el cambio horario supone un ahorro de un 5% del consumo en iluminación. Lo que se traduciría en tan solo 6 euros al año menos en la factura energética del consumo doméstico. Un impacto casi imperceptible.

En esta misma línea se posiciona Greenpeace, que considera que el cambio horario es positivo, aunque mínimo e inconcebible sin una política orientada a alcanzar un sistema totalmente renovable. Pues representa un impacto muy por debajo de la reducción energética necesaria para mitigar la emisión de gases de efecto invernadero y el calentamiento global.

Cambios en el reloj biológico

Otras entidades, como Ecologistas en acción, van más allá y sostienen que alterar el horario también repercute sobre nuestro ritmo vital. Así, avanzar o atrasar los relojes podría suponer cambios en nuestro reloj biológico, que desequilibran nuestro horario de comidas y sueño.

Problemática estructural

Si bien es cierto que hay ligeras diferencias en el consumo a raíz del cambio de hora, los beneficios son menores en comparación con las consecuencias que genera. Pues el derroche energético depende de muchos otros factores: el gasto en climatización, los horarios laborales o la contaminación lumínica. Una problemática estructural difícil de resolver sin planes de eficiencia energética integrales y fundamentadas en las energías renovables. 

Autora: Ariadna Coma, Periodista.

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