Hablar de cría de los cerdos es hablar de algo muy antiguo. Los ancestros de los cerdos actuales proceden de las islas del sudoeste asiático, de donde se extendieron por toda Eurasia.

La cría de los cerdos
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Los especialistas hablan de los primeros episodios de domesticación de los cerdos a principios del Neolítico. Desde el Creciente Fértil, que es como se conoce la zona de Oriente Próximo donde empezó la revolución neolítica, los cerdos llegaron a Europa de la mano de los pueblos responsables de llevarnos la agricultura y la ganadería hasta nuestras tierras.

Domesticación y cría de los cerdos

Parece ser que los primeros cerdos vivían en un estado de semi domesticación, buscaban su comida en los bosques y retornaban al asentamiento humano al anochecer. Con el progreso de las culturas agropecuarias, los cerdos se dejaron a cargo de un pastor que los vigilaba. A medida que los asentamientos humanos fueron creciendo y empezaron a escasear los pastos, los ganaderos comenzaron a mantener los cerdos en corrales, incorporando a su dieta verduras y restos de la mesa.

La concepción del cerdo a lo largo de la historia

En determinadas zonas y culturas, inicialmente por su carácter sagrado, no se podía consumir carne de cerdo. En otros, como en el Imperio Romano, una vez aparecieron las primeras carnicerías, la carne más codiciada era la del cerdo, dado la existencia de tabúes relacionados con el consumo de carne de vaca y de caballo. Del cerdo también se obtenía la manteca, que se podía conservar salada.

Durante el proceso colonizador del continente americano, los cerdos tuvieron mucha importancia, aunque sin el protagonismo de otros animales. La actividad militar de los «descubridores» castellanos se sustentaba, en buena medida, en la carne de los cerdos de las piaras que criaba la soldadesca.

A finales del siglo XIX y principios del XX, con la revolución industrial, se desarrollaron muchas industrias de producción en masa. El número de personas ocupadas en la agricultura comenzó a disminuir en la misma medida que más gente se ocupaba en la industria. El descubrimiento de las vitaminas y su papel en la nutrición animal, a principios del siglo XX, condujo a los suplementos vitamínicos, que permitieron criar pollos en interiores. El descubrimiento de antibióticos y vacunas facilitó la cría de ganado en mayor número, al reducir las enfermedades.

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Un sistema intensivo

Así pues, en un momento dado, la cría de cerdos pasa de un sistema a pequeña escala, más o menos extensivo, a menudo asociado a un esquema de economía circular y reaprovechamiento, a un sistema intensivo de producción industrial, donde los animales se mantienen en instalaciones cerradas, con un gran número de animales sometidos a unas condiciones de estrés continuo. Son muchos los factores estresantes en la vida de un cerdo de cría intensiva que afectan su bienestar, como el nacimiento, la castración, el destete, el hacinamiento, la falta de espacio, el calor (los cerdos no tienen glándulas sudoríparas y no se pueden refrescar), la alimentación desequilibrada, el embarque, transporte y desembarque en el matadero y, por supuesto, su muerte, por citar sólo los más evidentes.

La falta de testigos directos es una de las necesidades de esta industria incómoda

Impacto para el medio ambiente

Aunque pensamos en la cría de cerdos como una actividad agraria, en realidad se trata de un sector muy industrial, donde el papel del «ganadero» es muy limitado. Este tipo de ganadería se produce de forma absolutamente desligada de las tierras de cultivo y de las zonas rurales donde se desarrolla, que sólo terminan siendo un receptáculo para las inmensas cantidades de purines o excrementos líquidos que producen los animales en este tipo de granjas de producción, con todos los consiguientes problemas de contaminación de suelos y aguas por el exceso de nitratos y otras sustancias presentes en las deyecciones.

Las grandes empresas controlan la cadena

El sector porcino intensivo se ha desarrollado en base de lo que se conoce como un sistema de integración, donde las grandes empresas integradoras controlan toda la cadena, desde el origen de los animales, que quizás hacen miles de kilómetros hasta las granjas de cebo, siguiendo por la importación, fabricación y distribución del pienso hasta las granjas, la atención veterinaria, y hasta el (eufemísticamente llamado) sacrificio, transformación y comercialización. Los agricultores que participan lo hacen alquilando sus granjas y dedicando pocas horas de trabajo poco especializado, por un sueldo a fin de mes, siempre que la empresa integradora, en función de la situación de mercado, quiera llevarles animales.

Los agricultores que participan lo hacen alquilando sus granjas y dedicando pocas horas de trabajo poco especializado, por un sueldo a fin de mes

Esta cría de cerdos intensiva no se realiza cerca de las grandes ciudades, en polígonos industriales, que es donde tendría más sentido a nivel económico, sólo porque nadie quiere tener una instalación de este tipo cerca de su casa, sentir el olor de miles de cerdos amontonados y sus gritos. Por este motivo, las macropocilgas siguen «camufladas» en zonas rurales, manteniendo su fantasía de actividad agraria, lejos de todos, cerradas a cal y canto, y en manos de empresas centradas en el provecho económico, que nos venden la idea de cerditos felices y saludables, en la habitual publicidad de factoría Disney que se utiliza en la venta de los productos cárnicos.

Excesivo consumo de carne

La llamada España vacía es el penúltimo paraíso de este sector, ya que la falta de testigos directos es una de las necesidades de esta industria incómoda, pero necesaria, de un sistema alimentario basado en un excesivo consumo de carne industrialmente producida, que lejos de integrarse en el territorio y formar parte de la solución, sigue siendo uno de sus grandes problemas.

Y para no llegar al final de este cuento sin la moralina, fijémonos en los responsables de esta situación. Como ya se ha dicho, la responsabilidad directa radica en una industria voraz, centrada en las ganancias. Pero también en unos consumidores que no quieren saber casi nada de lo que rodea al acto alimentario. Y en una clase política que no tiene la valentía necesaria para evitar estos excesos, tapando las vergüenzas con normas de lo que llama «bienestar animal», pensadas para los grandes «lobbies» cárnicos.

Otro sistema es posible.

Autor: Isidre Martínez, Ingeniero Agrónomo

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