En las últimas dos décadas, en muchas ciudades europeas ha resurgido una actividad que parecía desaparecida: los mercados campesinos, de periodicidad semanal, establecidos en espacios públicos, en los que agricultores y elaboradores artesanales venden directamente su producción al consumidor final1. A lo largo del siglo pasado, habían sido casi desterrados de las grandes urbes por diversos motivos: la aplicación de medidas higienistas que dificultan el manejo de alimentos en la vía pública, la hegemonía de los supermercados o la sustitución de la agricultura familiar que produce para el mercado local por productores que comercializan a través de intermediarios mayoristas4.

Este resurgimiento se ha debido a la confluencia de intereses. Por parte de la demanda, sectores urbanos que apuestan por una alimentación sana y de calidad, en la que se considera la aplicación o no de fitosanitarios, la distancia entre la zona de producción y la de consumo, o el uso de variedades tradicionales7.
Por parte de la oferta, encontramos agricultores que, aprovechando la existencia de este nicho de consumo, procuran liberarse de un mercado convencional que les impone condiciones y precios. En un contexto agrícola global en el que la mayor parte del beneficio comercial es monopolizado por los intermediarios y los costes de producción (tierra, agua, inputs) no dejan de incrementarse3, acceder a mercados alternativos que valoran factores como la proximidad o la producción sin inputs químicos, es un mecanismo que permite equilibrar la balanza financiera de la explotación8. Una de las estrategias por las que el productor busca autonomía del circuito agroalimentario convencional es la venta directa al consumidor. Esto comporta asumir la carga de la comercialización, pero a cambio obtiene todo el margen comercial1.
Con el apoyo de un proyecto de la ONGD Red de Consumo Solidario financiado por la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo (Núm.: ACC310/24/000024), estamos analizando cómo la venta directa a través de mercados campesinos incide en la conformación de la explotación agraria. Observamos que, en realidad, esta vía de comercialización sólo es viable si la finca adopta determinadas características que rompen con el modelo de producción industrial. Así, por ejemplo, se tiende a la diversificación productiva. La comercialización convencional obliga a la especialización productiva: es necesaria para que los intermediarios (empresas exportadoras, cadenas minoristas) puedan realizar un control eficiente del almacén, asegurarse de no tener rupturas de stock, o puedan colocar a la venta un producto relativamente homogéneo5. Por el contrario, la venta directa incita a la diversificación. La venta directa de uno o unos pocos productos no es económicamente viable. Habría un caudal enorme de clientes para vender toda su producción; ningún consumidor final compra diez kilos de tomates o de patatas. Sin embargo, adquirirán mucho más producto cuanto más variada sea la oferta.
La venta directa a los mercados también tiene consecuencias en el tamaño relativo de la finca agraria. Concretamente, impulsa una mayor ratio entre fuerza de trabajo y tamaño de la explotación. Esto se debe a varias razones. Una es que las mayores fincas tienen dificultad para comercializar su producción directamente; un puesto en el mercado no permite dar salida a la producción de 50 hectáreas. Por tanto, deben comercializar mediante intermediarios. Otra razón es que la unidad productiva asume la labor de distribución y comercialización, por lo que no puede destinar toda la fuerza de trabajo a actividades estrictamente agropecuarias. Esto limita el tamaño de la finca. Sin embargo, la finca es viable porque a través del mercado el productor obtiene la totalidad de la ganancia comercial.
Por último, la venta en mercados campesinos urbanos también impulsa la producción agroecológica, por demanda de la clientela, que normalmente tiene un perfil de ciudadano preocupado por factores medioambientales y/o por la salud.
De esta manera, los mercados campesinos urbanos impulsan la formación de explotaciones más sostenibles al aplicar un sistema cerrado de nutrientes y energía: la combinación de una producción diversificada y de un uso intensivo de mano de obra permite que la explotación tienda a mantener el equilibrio de los nutrientes del suelo sin, o con pocas, aportaciones externas. Por el contrario, el modelo agroindustrial, que especializa la producción y se basa en la mecanización del campo, requiere de inputs industriales y energías fósiles que no se generan en el ciclo productivo6. Además, mientras que el circuito agroindustrial se basa en mercados distantes, la venta directa se adapta a las necesidades locales y tiende a lo que ahora se denomina «Kilometro 0»: un sistema de distribución alimentaria con mucha menos huella ecológica.
- Consultar las referencias bibliográficas
Autor: Jordi Gascón, Instituto de Investigación en Nutrición y Seguridad Alimentaria (INSA-UB)
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