El aumento de la demanda de productos ecológicos es una tendencia creciente tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo. Esto responde al aumento de la preocupación de la ciudadanía en temas como el medio ambiente, el bienestar animal, la salud humana y la seguridad alimenticia. Sin embargo, tanto los productores ecológicos como los consumidores todavía afrontan diversos retos, como la competencia con la agricultura masiva convencional, que es insostenible y comporta riesgos ambientales, o bien la dificultad de identificar correctamente productos ecológicos en el supermercado, ya que a menudo el etiquetado puede ser confuso para los consumidores.

Los granjeros, productores y distribuidores de productos ecológicos deben cumplir con estrictos requisitos si quieren vender sus productos como tal. En la Unión Europea, el Reglamento (UE) 2018/848 establece el marco normativo para la alimentación ecológica y el etiquetado de productos ecológicos. Este reglamento tiene como objetivo la promoción de sistemas de cultivo sostenibles, el fomento de la biodiversidad y el establecimiento de altos estándares de protección a los animales.
Por lo que respecta al uso de pesticidas, el Reglamento restringe el uso de fertilizantes y fitosanitarios químicos en los productos ecológicos. Sin embargo, los agricultores pueden optar por alternativas más sostenibles. Estas alternativas pueden consultarse en los anexos I y II del Reglamento (UE) 2021/1165, que autoriza ciertas sustancias activas en productos de protección vegetal, así como fertilizantes, acondicionadores del suelo y nutrientes. Por ejemplo, aceites esenciales como la citronela, el clavo o la naranja pueden utilizarse como protectores de cultivos, o pueden usar microorganismos para favorecer las condiciones del suelo y la disponibilidad de nutrientes.
Con la promoción de la investigación y el desarrollo se pueden encontrar formas de optimizar el cultivo ecológico
Las diferencias entre la producción ecológica y la convencional todavía representan retos a día de hoy. Por ejemplo, en comparación con la agricultura convencional, la producción ecológica tiene un rendimiento entre un 20% y un 25% inferior. Esto se debe al hecho de que, al no usar productos químicos y pesticidas, la productividad puede ser menor. Sin embargo, también se puede entender que el rendimiento de la agricultura convencional está muy por encima de lo sostenible, y por tanto invita a reflexionar sobre el modelo de producción y consumo actual. Además, la agroecología se basa en la diversificación y rotación de cultivos, un enfoque que requiere mayor tiempo y recursos si lo comparamos con los métodos más convencionales.
Por otro lado, la producción ecológica también puede afrontar mayores costes en mano de obra. Al no usar maquinaria intensiva, ésta puede requerir más trabajo manual. Por último, el proceso de obtener certificaciones ecológicas puede ser complicado y costoso sobre todo para los agricultores más pequeños, teniendo en cuenta que deben superar un período de transición de tres años para tierras que han sido previamente explotadas de forma convencional. Todo esto puede ser un gran obstáculo para los productores, ya que es probable que durante este período de tiempo las parcelas sean menos productivas y por tanto es una inversión elevada.
Más allá de los retos, también existe un gran potencial de mejora en este tipo de agricultura. Con la promoción de la investigación y el desarrollo se pueden encontrar formas de optimizar el cultivo ecológico. Por ejemplo, una de las líneas de investigación es la mejora en la fertilidad del suelo, la rotación de cultivos y la combinación de leguminosas con otros cultivos para mejorar la biodiversidad funcional. El uso inteligente de técnicas modernas, por su parte, también puede permitir mejorar la productividad de las explotaciones.

Es importante que los consumidores podamos reconocer los productos ecológicos en los supermercados. El Reglamento sobre alimentación ecológica define los términos clave “ecológico”, biológico” y “orgánico”, así como sus abreviaturas, tales como “bio” y “eco”, en el etiquetado de los productos. Por tanto, es clave para los consumidores identificar estas palabras en el envase de los productos y no confundirse con otros términos que podrían inducir a errores. Por ejemplo, encontrar la palabra “natural” en una etiqueta no implica necesariamente que un producto sea ecológico.
Encontrar la palabra “natural” en una etiqueta no implica necesariamente que un producto
sea ecológico
Además, en Europa, tenemos un logo distintivo para identificar estos productos. Se trata de una hoja blanca sobre un fondo verde, la llamada Euro Hoja. Este distintivo sólo puede utilizarse en productos certificados por un organismo de control autorizado y, de hecho, junto al logotipo debe aparecer un código identificador tanto del organismo como del lugar donde se han cultivado las materias primas agrícolas que componen el producto.
La presencia de este logo es una garantía de cumplimiento de la normativa en los productos. Por ejemplo, en el caso de alimentos procesados, este distintivo nos indica que al menos el 95% de los ingredientes de origen agrícola son ecológicos. Adicionalmente, algunos países y organizaciones han desarrollado sus propios logos ecológicos, opcionales y que pueden coexistir con la Euro Hoja en un mismo producto.
La presencia de la Euro Hoja es una garantía de cumplimiento de la normativa en los productos
La alimentación ecológica es esencial para la mejora de la salud humana, animal y del planeta y su éxito requiere esfuerzos en su conjunto: desde la granja hasta la mesa. Esto incluye incentivar la investigación hacia nuevos métodos sostenibles y fomentar la conciencia y cambio de hábitos en los consumidores. A pesar de los retos todavía presentes, la transición hacia sistemas ecológicos es cada vez una realidad más sólida. Si la tendencia sigue en aumento, la alimentación ecológica podrá acabar siendo en un futuro la norma en lugar de la excepción.
Autora: Roser Fabrés, Tecnóloga de alimentos
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