Desde hace milenios, las tradiciones yóguicas sostienen que lo que comemos moldea nuestra mente, tanto como nuestra mente moldea lo que comemos. Ya el Chhandogya Upanisaad advertía que un alimento puro ayuda a purificar la conciencia. No se trata solo de nutrir el cuerpo, sino de cuidar el estado interior a través de cada bocado.

Comida sáttvica
123RF Limited©nightunter. Comida sáttvica

Para el yogui, comer es también alimentar el «prana», la fuerza vital que sostiene cuerpo y mente. Por eso su interés no se limita a lo nutritivo, sino al efecto sutil que cada alimento produce sobre el estado de ánimo, la claridad mental y el llamado «cuerpo astral». De ahí nace una selección cuidadosa de lo que se lleva a la mesa, y también de lo que se deja fuera de ella.

Las tres gunas

Para entender esta idea hay que acercarse a un concepto central del pensamiento ayurvédico: las gunas, o cualidades sutiles que, según esta tradición, atraviesan toda la naturaleza y también nuestra propia mente. Se distinguen tres:

Sattva

Pureza, claridad, equilibrio y armonía.

Rajas

Pasión, actividad, deseo y agitación.

Tamas

Inercia, pesadez, oscuridad y apego.

Todos llevamos las tres en distinta proporción, y ninguna sobra por completo: Tamas nos permite descansar y dormir, Rajas impulsa la acción y el trabajo, y Sattva es la cualidad que nutre la aspiración espiritual. El camino yóguico no pretende eliminar Rajas ni Tamas, pero sí equilibrarlas e inclinar poco a poco la balanza hacia Sattva, favoreciendo así un cuerpo sano, una mente serena y una conciencia más despierta.

De ahí nace la clasificación de los alimentos en tres grandes grupos.

Tres formas de comer

La dieta rajásica reúne los sabores intensos y estimulantes: especias fuertes, fritos, café, chocolate y azúcares, cebolla y ajo. Da energía inmediata, pero también inquietud, prisa y, a la larga, agotamiento.

La dieta tamásica incluye las carnes, el pescado, el alcohol, los ultraprocesados y las sobras recalentadas. Se asocia a la pesadez, la apatía y a una digestión lenta. Y con el tiempo puede favorecer trastornos como la obesidad o los problemas hepáticos.

La dieta sáttvica, en cambio, se compone de alimentos vegetales frescos y de temporada: cereales integrales, legumbres, frutas, verduras, frutos secos, semillas y lácteos ligeros. Son alimentos ecológicos que conservan su «prana» o fuerza vital intacta, siempre que se preparen con sencillez, sin exceso de fritura ni procesado, y —algo que la tradición subraya especialmente— cocinados y compartidos con calma y gratitud.

Lo que cuenta no es solo el origen del alimento, sino también su frescura, su preparación y el ánimo con que se cocina y se comparte

123RF Limited©ichox. Seitán con salsa de hongos, bolas de pan, guisantes y zanahorias

Beneficios físicos, mentales y espirituales

Quien sigue una alimentación sáttvica suele describirse como una persona serena, afectuosa, llena de vitalidad y con la mente despejada. A nivel físico, este tipo de dieta favorece una digestión más ligera, fortalece las defensas y ayuda a mantener un peso saludable, ya que evita el exceso calórico de los fritos y los ultraprocesados, o las grasas saturadas y trans.

A nivel mental, aporta claridad y estabilidad emocional: al eliminar los picos de energía y el bajón posterior típicos de la comida rajásica, el ánimo se mantiene más constante a lo largo del día. Y en el plano espiritual, se considera que estos alimentos, cultivados con respeto por la tierra y consumidos con conciencia, ayudan a aquietar los pensamientos, facilitando la meditación y la introspección.

Conviene recordar, además, que la cualidad de un alimento, incluso ecológico, no es fija: un ingrediente sáttvico por naturaleza, una verdura fresca, o un cereal integral pueden volverse tamásicos si se recalientan más de una vez, se conservan demasiado tiempo o se cocinan con exceso de aceite. Lo que cuenta no es solo el origen del alimento, sino también su frescura, su preparación y el ánimo con que se cocina y se comparte.

Cómo empezar, paso a paso

La tradición yóguica insiste en que los cambios bruscos rara vez perduran. Por eso propone avanzar de manera gradual: sustituir poco a poco las raciones de carne y pescado por platos de cereales, legumbres, verduras y frutos secos, hasta que la transición se sienta natural.

Algunas pautas sencillas ayudan en este camino: beber suficiente agua e infusiones suaves como el té verde; incorporar proteínas vegetales —tofu, tempeh, seitán, legumbres— en lugar de la carne; elegir cereales integrales frente a la comida rápida; y, al comer fuera de casa, moderar las raciones, priorizar lo crudo al principio de la comida y evitar el alcohol y los postres pesados.

Tampoco conviene olvidar ciertos nutrientes clave: la vitamina B6 del germen de trigo y las legumbres, la vitamina E de los frutos secos y los aceites vegetales, los flavonoides de las frutas rojas y los ácidos grasos omega-3 de las nueces y las semillas de lino, todos ellos aliados de una buena salud celular y de un envejecimiento más lento.

Más que una dieta

Al final, comer de forma sáttvica no es solo una cuestión de ingredientes: es una manera de relacionarse con la comida desde la calma y no desde la ansiedad. Muchos de nuestros hábitos alimentarios responden, en realidad, a un deseo más profundo de sentirnos plenos y queridos, y comer en exceso suele ser, sin que lo notemos, una forma desviada de buscar ese cariño.

La propuesta yóguica invita a satisfacer ese deseo con presencia y no con exceso: elegir alimentos vivos, prepararlos con calma, sentarse a comerlos sin prisa. No hace falta convertirse en asceta ni renunciar de golpe a nada; basta con ir soltando, poco a poco, aquello que pesa, en el plato y en la mente, para dejar sitio a lo que realmente nutre.

Un alimento puro, elegido y preparado con conciencia, es también una forma de cuidado hacia uno mismo y hacia los demás, y quizá el primer paso, el más sencillo, hacia una vida más serena.

Autor: Jaume Rosselló, Editor Especializado en Salud y Alimentación.

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