Cuando pensamos en los cultivos ecológicos, pensamos en campos en los que no se utilizan pesticidas ni abonos químicos, con suelos vivos y alimentos respetuosos con el medio. Pero hay una pregunta previa que a menudo pasa desapercibida: ¿de dónde salen las semillas que hacen posible este sistema? La semilla es el punto de partida y, en ecológico, debe ser coherente con el resto del proceso hasta la mesa.

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La normativa general sobre semillas, variedades y material de reproducción es muy estricta. En Europa (y en España), las variedades comerciales deben estar inscritas en catálogos oficiales y cumplir criterios de distinción, homogeneidad y estabilidad. Y, sobre todo, la ley establece que, en la mayoría de cultivos comerciales, es necesario utilizar semilla certificada, producida y controlada según procedimientos oficiales.

Esto restringe mucho la posibilidad de utilizar y reutilizar semilla propia. Sin embargo, en la práctica muchos pequeños campesinos —especialmente en cultivos de cereales de secano y de huerta tradicional, destinados a consumo propio o venta en circuitos cortos— siguen guardando semilla, como se ha hecho toda la vida. Es una práctica arraigada, aunque a menudo queda en una zona gris entre la tradición y la normativa.

La semilla es el punto de partida y, en ecológico, debe ser coherente con el resto del proceso hasta la mesa.

En producción ecológica, esta flexibilidad es aún más limitada, ya que el sistema está fuertemente controlado y los inspectores deben verificar el origen de todas las semillas y del material de reproducción vegetativa.

Por su parte, el reglamento ecológico establece que, para realizar agricultura ecológica, es necesario utilizar material de reproducción vegetal ecológico. Es decir, semillas producidas bajo normas ecológicas durante al menos una generación o, en el caso de los cultivos perennes, durante dos campañas de cultivo.

Además, la norma crea dos categorías nuevas que responden a las necesidades específicas del sector:

  • Material heterogéneo ecológico, poblaciones de plantas con gran diversidad interna.
  • Variedades ecológicas adaptadas, obtenidas mediante programas de mejora pensados para funcionar en condiciones ecológicas.

Estas categorías solo existen en el sistema ecológico y permiten trabajar con materiales que no encajan en la rigidez del modelo convencional.

Para entender la relación entre la norma y la práctica, es necesario explicar brevemente el concepto de polinización abierta: una variedad de polinización abierta es aquella que se reproduce naturalmente, sin control artificial de la fecundación. Las plantas se polinizan entre ellas —con el viento, con insectos o por sí mismas— y la semilla que resulta mantiene las características de la variedad, pero conserva cierta diversidad interna. En resumen, son variedades que permiten guardar semilla y volver a sembrarla, generación tras generación. Esta capacidad de evolucionar y adaptarse es especialmente valiosa en agricultura ecológica.

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La normativa ecológica no obliga a utilizar variedades de polinización abierta. Sin embargo, muchos programas de mejora ecológica las utilizan como punto de partida, porque encajan con los principios del sector: diversidad, adaptación local y autonomía del campesinado. Esto hace que muchos materiales heterogéneos y muchas variedades adaptadas provengan de poblaciones de polinización abierta, con plantas orientadas a crecer sin el uso de abonos ni pesticidas químicos.

¿Quién se dedica a crear variedades pensadas para la producción ecológica en Europa?

Dottenfelderhof, cerca de Fráncfort (Alemania), es uno de los centros pioneros y más influyentes en la mejora vegetal ecológica. Desde los años setenta trabajan en cereales, hortalizas y forrajes seleccionados directamente en condiciones ecológicas. Sus variedades, muchas de ellas de polinización abierta, se han convertido en referentes para agricultores de toda Europa.

También destacan Sativa Rheinau (Suiza) y Bingenheimer Saatgut (Alemania), que combinan investigación, producción de semilla y participación del campesinado.

En Cataluña, Les Refardes recuperan y seleccionan variedades tradicionales en condiciones ecológicas, manteniendo poblaciones diversas que encajan con el espíritu del material heterogéneo. Rocalba, en Gerona, también desarrolla líneas ecológicas propias y multiplica semilla adaptada a nuestro clima.

A nivel estatal, la Red de Semillas coordina proyectos de mejora participativa en cereales y huerta, y varios centros de investigación y universidades trabajan con poblaciones de trigo y cebada seleccionadas en ecológico, algunas de las cuales podrían registrarse como material heterogéneo. También hay campesinos ecológicos que, año tras año, realizan selección propia de variedades locales. Este trabajo silencioso es una de las fuentes más importantes de variedades adaptadas al medio.

Todos comparten una idea: la semilla debe nacer en el mismo entorno en el que crecerá.

Cuando el agricultor no encuentra semilla ecológica de una variedad concreta, también puede utilizar semilla no ecológica, siempre que no esté tratada con sustancias prohibidas, no sea transgénica y se justifique documentalmente la imposibilidad de encontrar la alternativa ecológica. Es una excepción contemplada en la normativa que debe solicitarse de forma previa a la siembra o plantación del cultivo.

La agricultura ecológica necesita semillas y plantas que respondan a sus principios. A pesar de una estricta normativa general, el reglamento ecológico ha abierto la puerta a materiales más diversos y adaptados a las condiciones de cultivo ecológico. La mejora vegetal es un proceso largo y costoso, realizado por centros especializados, pero el campesinado, y sus organizaciones, con su propia selección y conocimiento del territorio, son una pieza clave.

En un contexto de cambio climático e incertidumbre ambiental, esta forma de entender los cultivos ecológicos, con variedades más diversas, robustas y en evolución, puede ser una de las claves de un sistema alimentario más sostenible.

Autor: Isidre Martínez, Ingeniero Agrónomo.

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