El mundo desperdicia más de 1.000 millones de platos de comida al día, una quinta parte de todos los alimentos disponibles para el consumo humano, según el Índice de Desperdicio de Alimentos 2024 de Naciones Unidas. Sin embargo, el crecimiento del mercado de fruta y verdura ecológica podría contribuir a reducir esta cifra en los próximos años.

Sin duda, el objetivo de minimizar el desperdicio de comida es inherente al concepto de agricultura ecológica. Es cierto que no hay una norma explícita que obligue al sector a implementar medidas con este fin, pero el máximo aprovechamiento de los alimentos está vinculado a muchos de los requisitos del certificado ecológico de la UE, entre ellos, el reciclaje de residuos, el fomento de la biodiversidad y la mejora de la riqueza del suelo.
En efecto, malgastar comida innecesariamente iría en contra de estos principios, ya que, según datos recientes, la pérdida de alimentos genera entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y supone una importante pérdida de biodiversidad al ocupar buena parte de las tierras agrícolas del mundo.
En este sentido, Pilar Galindo, vocal de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica, asegura que la minimización del desperdicio alimentario en el sector ecológico tiene lugar en todas las etapas del ciclo de vida de los productos, desde el campo hasta los hogares, pasando por el triaje y la distribución. Para empezar, los agricultores ecológicos, dice, no descartan alimentos para la venta por cuestiones estéticas. De hecho, muchas veces se nota que en este mercado hay una mayor diversidad de formas, de tamaños, incluso de aspectos, dentro de la misma variedad. “En una mirada ecológica de no unificar y estandarizar las calidades, hay un menor desperdicio, pues los productores no te dan todas las frutas y verduras del mismo calibre ni se busca una belleza artificial,” afirma Galindo.
Tampoco las pequeñas imperfecciones impiden que un producto ecológico llegue al consumidor, como puede ocurrir en el mercado convencional. El pasado verano, por ejemplo, la picada de la mosca afectó a muchos cultivos, y según apunta Galindo, el mercado ecológico integró esta tara para evitar el desaprovechamiento de toda la fruta. “Nosotros y lo que hemos hecho es ponerle un precio de descuento porque si tú coges la manzana y le quitas la parte de la picada, el resto está igual de bueno o incluso mejor que la que no tiene picada porque la mosca no es tonta”.
La pérdida de alimentos genera entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero
Asimismo, la transformación de los alimentos es otra de las técnicas que emplean algunos productores para evitar que la fruta y la verdura ecológica se desperdicien. “Hay quien hace y vende sus propios zumos en casos como en las heladas, que no estropean toda la fruta, pero que a lo mejor deja heridas significativas, y entonces esas las transforma el agricultor mismo”, afirma.
Por otra parte, el porcentaje mínimo de alimentos ecológicos que inevitablemente se desperdician en el campo acompaña a los restos de cosecha, es decir, a las hojas, ramas, tallos y raíces que quedan después de la recolección de fruta y verdura, para componer los abonos orgánicos o compost, reintroduciendo esa materia orgánica en el suelo.

Siguiendo el ciclo, la fase de la distribución también es clave para reducir al máximo la cantidad de comida que acaba en la basura. Según comenta Galindo, los descuentos juegan un papel muy relevante y aplicarlos “implica hacer un trabajo de separación de calidades e informar de esos descuentos para que quien quiera pueda beneficiarse.”
En muchos casos, dice, el consumidor sale doblemente beneficiado. “El producto puede estar más arrugado porque tiene menos agua, pero un alimento que vas a cocer va a engordar con agua igualmente, o sea que estás disminuyendo el peso y encima tienes una reducción en el precio por kilo”, explica.
De igual forma, los distribuidores de productos ecológicos también suelen aplicar un mayor grado de “tolerancia con el agricultor”. “Que no quiere decir que vale cualquier cosa”, aclara, “sino que somos corresponsables de los problemas que hay en el campo y procuramos integrarlos, diferenciando precios, incorporando ese trabajo de filtro, el coste que tiene y convenciendo al consumidor final de que participe también en ese objetivo de desperdicio cero”.
Precisamente, esa tarea de divulgación que describe Galindo es una labor fundamental para respaldar el resto de las técnicas de aprovechamiento que se desarrollan a lo largo de la cadena. “Si no interviene la educación del consumidor, no se puede hacer nada”, advierte, pues se trata de que el comprador acepte dejar de “externalizar este problema”, y empiece a “hacerse cargo de él”.
Además, apostar por cuidar la cadena y asumir una cierta responsabilidad en el aprovechamiento alimenticio en la cocina puede incluir aprender técnicas para conservar o acceder a que la fruta pueda madurar en casa. Para Galindo, la implicación del consumidor de productos ecológicos tiene un gran impacto, puesto que “colaborar en la maduración o asumiendo productos que hay que sanear, ayuda, primero, a generar un mayor compromiso y segundo, a establecer una cooperación con ese agricultor para que no lo tenga que tirar en la finca.”
Puesto que el desperdicio de alimentos sigue perjudicando la economía mundial, e intensificando el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación, según Galindo, resulta evidente que “la Administración debería apoyar y apostar por los modelos que sí que están haciendo ese trabajo de desperdicio alimentario cero, diferenciarlos y hacer una publicidad positiva de ese tipo de modelos de cara al extranjero.
Autora: Clara Ceballos, Periodista especializada en medio ambiente
Suscríbete a la Newsletter y recibe Bio Eco Actual gratis cada mes en tu correo
Bio Eco Actual, tu mensual 100% ecológico
Leer Bio Eco Actual Junio 2024





























