Ya en pleno verano, habremos adaptado la ingesta de alimentos al calor que demanda más hidratación, preferentemente ensaladas variadas, ya sean de pasta, de patata, de legumbres o de arroz, con hojas de lechuga, de rúcula, de espinacas o canónigos, semillas y piñones tostados, espárragos, verduras, como brócoli o judía tierna, en preparaciones cortas, o directamente crudas como palitos de zanahoria y tomates, tofu a la plancha y mucha fruta del tiempo, como sandía, melón, melocotones, nísperos y albaricoques, entre otros. Ya nos lo pide el cuerpo si lo tenemos bien acostumbrado.

Pero a veces los hábitos van por otro lado, por el lado de los granizados, los helados de todo tipo, la pizza, la cerveza y los platos precocinados.

Hay que vigilar porque el verano es largo y estas prácticas se convierten en un hábito y en un círculo vicioso, como peor como, más me apetecen las patatas fritas, por ejemplo.

Lo que nos ayuda a comer bien es comprar productos frescos a los agricultores, tiendas o supermercados, mirando la temporada y la procedencia y siempre que sea posible ecológicos, distinguidos con el logo de la Euro Hoja que nos garantiza que se han seguido las normas de producción respetuosas con la salud y el medio. Si hay fruta de aquí y de allá, mirémoslo, es importante. Una cosa es el precio y otra el coste. Pensemos en lo que nos va a costar perder la producción propia y depender de las importaciones, por ejemplo.

Autora: Montse Mulé, Editora

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