La aparición del SARSCov2, que es como se llama el virus que causa la enfermedad que conocemos como COVID-19, ha sacudido nuestro mundo, nuestra salud y nuestra economía. Aunque es muy pronto para saber cómo será el después, la nueva normalidad que quedará, porque seguimos inmersos en esta situación y la resolución aún está lejos. La onda expansiva de la pandemia todavía no nos ha golpeado con toda su fuerza.

Producción agroalimentaria después del COVID 19, ¿un nuevo modelo alimentario?

Todos estamos aprendiendo muchas cosas, nadie es indiferente ni quedará indemne. Empezando, claro, por todas las personas que desgraciadamente no lo habrán podido superar, así como sus familias y personas queridas, y también el colectivo sanitario y residencial, hasta un largo etcétera. Y este aprendizaje apunta hacia nuestra fragilidad, tanto personal como social.

Las consecuencias sobre la salud son la punta de un iceberg que esconde una tragedia económica y social de dimensiones desconocidas. Nuestro modelo económico basado en la globalización y la especialización de las producciones, en el movimiento de productos y personas, ha resultado muy frágil en esta situación. De ahí la feroz disyuntiva entre confinamiento y paro total o mantenimiento de la actividad.

La población, despojada de vida social, movimiento y consumismo, hemos quedado abocados a las cosas básicas, como ir a comprar alimentos, cocinar y, quien tenga, trabajar, convivir estrechamente con la familia y pasear al perro. Nadie podrá olvidar la visión de las estanterías vacías en las tiendas de alimentación, los primeros días de confinamiento, toda una sacudida para una sociedad opulenta y consumista como la nuestra.

La emergencia climática, y ahora esta pandemia, nos muestran claramente que este sistema no es sostenible ni permite dar respuesta a los retos planteados

Por suerte, el suministro alimentario no se ha roto, y después de semanas de confinamiento, hemos pasado de almacenar papel higiénico a hacer pan, pasteles y magdalenas. Hemos recordado o simplemente descubierto la gran importancia de que no falte la comida. Y mientras muchas personas han comido en exceso, tantos días de inactividad encerrados en casa, otros han tenido problemas para encontrar comida, aquellos menos afortunados que se afanan por las calles sin acceso a lo más imprescindible.

En estos tiempos de limitación y cierre, el campesinado se ha mantenido activo. Los cultivos y el ganado no pueden detenerse, tampoco la producción y el suministro de alimentos. Pero esta situación ha hecho aflorar muchas de las debilidades del sector productivo, especialmente de aquellas empresas más pequeñas y especializadas. Todos aquellos que comercializaban por el canal HORECA (hoteles, restauración y cafeterías) o empresas de catering, han visto disminuir, o incluso interrumpir, sus ventas, y se han encontrado con grandes dificultades a la hora de intentar reorientarlas.

El cierre de hoteles, restaurantes, cafeterías y comedores colectivos supone un gran cambio para el negocio alimentario, un cambio que no se podrá revertir a corto plazo y ante el que se deberán producir reestructuraciones profundas, tanto en el modelo de negocio de estos establecimientos como en su cadena de suministro.

Producción agroalimentaria después del COVID 19, ¿un nuevo modelo alimentario?

Nuestro campesinado se encuentra ante un gran reto, uno más. Desde hace muchos años asistimos a la desaparición del campesinado. El principal motivo deriva de la posibilidad de importar productos alimenticios a bajo precio procedentes de otras zonas, lo que ha dejado fuera del mercado a muchas explotaciones agrarias de los países ricos, especialmente las más pequeñas, de base familiar. Esto ha llevado al declive del campesinado, que resiste a duras penas, en parte gracias a los subsidios agrarios que reciben de los presupuestos públicos. Las empresas que quedan han tenido que especializarse mucho, en parte debido a las propias condiciones impuestas por las ayudas, y han perdido diversidad y resiliencia para afrontar situaciones como las planteadas por la emergencia climática y, ahora, los efectos de esta pandemia.

El modelo actual de la globalización se basa en estas dos estrategias, por un lado encontramos una producción básica muy barata procedente de países pobres y desregulados, con pocas garantías ambientales, laborales y sociales, mientras que por el otro hay una producción muy especializada y tecnificada, donde todo o parte del proceso se produce en países ricos o en vías de desarrollo. El sector alimentario también se ajusta a este modelo. Un modelo que requiere mucha energía barata, generalmente no renovable, y de unas actividades que generan un gran impacto ambiental, con productos circulando de un lado a otro del planeta.

Los científicos especializados con los virus llevan más de diez años alertando sobre nuevas enfermedades a consecuencia de la deforestación global

La emergencia climática, y ahora esta pandemia, nos muestran claramente que este sistema no es sostenible ni permite dar respuesta a los retos planteados. Resulta curioso como el miedo a la COVID-19 ha logrado detener o ralentizar el mundo hasta niveles increíbles, porque nos afecta aquí y ahora, mientras que ante la emergencia climática no se está haciendo lo necesario, aunque nos jugamos nuestra supervivencia.

De hecho, los efectos terribles de la destrucción de los hábitats naturales y un modelo de agricultura centrado en generar materias primas para el mercado, en vez de alimentos para la población, se puede relacionar con la expansión de ciertos virus, tales como el ébola. Los científicos especializados con los virus llevan más de diez años alertando sobre nuevas enfermedades a consecuencia de la deforestación global.

Es ingenuo pensar que las grandes corporaciones que gobiernan el sistema alimentario global impulsarán cambios hacia un modelo más local y sostenible. Como hemos podido comprobar, el sistema sanitario sólo se ha reforzado cuando ya era tarde y para evitar un desastre mayor. Así pues, los cambios tienen que venir de otras bandas. Deben venir de políticas y políticos valientes, de una unión efectiva de los productores, para mejorar su capacidad de respuesta y ganar soberanía en la cadena alimentaria, y, especialmente, deben venir de los consumidores, con nuestra opción de compra, que es la herramienta más poderosa en un mundo dominado por el capitalismo.

Covid-19: crece el comercio ecológico de proximidad

Autor: Isidre Martínez, Ingeniero Agrónomo.

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