España sigue consolidando una paradoja conocida en el sector ecológico: es una potencia productiva, pero todavía no una potencia de consumo. En 2024, la superficie ecológica alcanzó 2,9 millones de hectáreas, el 12,3% de la superficie agraria útil. El valor estimado en origen se situó en 4.800 millones de euros, mientras las exportaciones alcanzaron 3.900 millones, con un saldo comercial positivo récord de 3.100 millones.
Sin embargo, el gasto interno sigue avanzando con lentitud: El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) cifra el gasto de los consumidores españoles en productos ecológicos en 2.890 millones de euros en 2024, con 59,4 euros per cápita y una cuota del 3,2% del gasto alimentario nacional.
El contexto europeo confirma el margen de recorrido. Según The Research Institute of Organic Agriculture (FiBL), publicado en 2026 con datos de 2024, las ventas minoristas ecológicas en Europa ascendieron a 58.700 millones de euros, con Alemania, Francia e Italia como principales mercados. España aparece como líder europeo en superficie ecológica, pero no en cuota de la cesta, ni en gasto por habitante. El reto, por tanto, no es producir más, sino vender mejor en el mercado doméstico.
El sector de la distribución ecológica española presenta una estructura más repartida que la alimentación convencional. En 2024, la tienda tradicional siguió siendo el principal canal por volumen, con el 29,1%, aunque cayó un 9,5% en intensidad de compra. Los supermercados y autoservicios concentraron el 28,6%. El resto de canales aportó el 21,1%, las tiendas de descuento el 11,0%, los hipermercados el 10,1% y el e-commerce aparece con un 3,3%.
El MAPA cifra el gasto de los españoles en productos ecológicos en 2.890 millones de euros en 2024
Cada canal tiene una función. La tienda especializada, tradicional y de proximidad permite al productor mantener márgenes más altos, y al consumidor acceder a prescripción y confianza.
El supermercado aporta mayores volúmenes y frecuencia de compra al productor y fabricante, pero presiona márgenes a la baja, y favorece la marca de distribuidor. El precio, los descuentos y las promociones del modelo comercial de la gran distribución intentan democratizar el acceso a los productos ecológicos.
El hipermercado ofrece un surtido y visibilidad tan amplios que facilitan una compra ecológica completa, incluyendo no solo productos alimentarios, sino también cosmética ecológica. Algunos operadores doblan la visibilidad creando secciones específicas para la categoría, a la vez que sitúan en cada sección la alternativa eco junto a cada unidad de necesidad convencional.
Y si miramos al consumidor, el comprador ecológico ya no adquiere estos productos solo por ideología ambiental. Compra por salud, sabor, origen, bienestar animal, menor residuo químico percibido y coherencia con un estilo de vida. Pero también compara precios. En el debate sectorial se constata que la brecha de precios entre ecológico y convencional se ha ido reduciendo por mejoras tecnológicas, aumento de volúmenes, eficiencia industrial, distribución más madura y reducción de márgenes en la cadena productiva. Aun así, la inflación alimentaria reciente ha hecho que muchos hogares prioricen precio, promoción y marca blanca por encima de principios e ideología.
La competencia también cambia. El ecológico certificado compite con categorías que prometen sostenibilidad o salud sin estar necesariamente sometidas al Reglamento europeo de producción ecológica. Crecen las alternativas vegetales, los productos “plant-based”, los reclamos “natural”, “local”, “sin residuos”, “regenerativo”, “alto en proteína” o “funcional”. Según la Unión Vegetariana Española (UVE), el mercado minorista español de alimentos de origen vegetal alcanzó 491 millones de euros en 2024. No sustituye al ecológico, pero disputa espacio mental, lineal y presupuesto.
Para dinamizar el consumo ecológico en España hace falta una política de demanda
Primero, fiscalidad: aplicar tipos cero o incentivos selectivos a alimentos ecológicos, evitando que el diferencial de precio penalice a las rentas medias y bajas.
Segundo, compras públicas: fijar porcentajes mínimos obligatorios y progresivos de producto ecológico certificado en comedores escolares, hospitales, universidades y residencias, con criterios de temporada, proximidad y equilibrio nutricional. Algunas comunidades autónomas ya lo están regulando como tal, pero no están siendo muy eficaces en su aplicación práctica. La Comisión Europea ya identifica la contratación pública verde, los comedores ecológicos y los programas escolares como palancas de demanda.
La brecha de precios entre ecológico y convencional se ha ido reduciendo
Tercero, educación alimentaria: programas como EducaBio 2026 muestran el potencial de trabajar desde primaria hábitos saludables, lectura de etiquetas y comprensión de la Eurohoja.
Cuarto, promoción pública estable y no campañas aisladas: explicar que “eco” no es un adjetivo comercial, sino una certificación regulada por el Reglamento (UE) 2018/848, con normas de producción, transformación, trazabilidad y control.
Quinto, combatir el greenwashing: los reclamos ambientales no certificados deben estar sometidos a verificación comparable para que el consumidor no confunda sostenibilidad declarada con producción ecológica certificada.
España ya ha demostrado que sabe producir ecológico. La siguiente fase consiste en construir mercado interno: más lineal, más comedor público, más pedagogía, más precio accesible y más confianza. Sin ese salto, el ecológico español seguirá siendo una historia de éxito exportador con una asignatura pendiente en casa.
Autor: David Martín, Consejero Asesor Corporativo.
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