La mayoría de los padres se quejan de que sus hijos e hijas no comen lo suficiente. Es raro oírles decir que están satisfechos con la cantidad y variedad de alimentos que sus hijos comen. Sin embargo, en ocasiones escuchamos la preocupación contraria: ¿está mi hijo comiendo demasiado?

¿Pueden los niños comer «demasiado»?
Comer demasiado significa comer por encima de nuestras necesidades. Un niño/a que coma mucho no necesariamente está comiendo demasiado, igual que un niño/a que coma poco no siempre está comiendo por debajo de sus necesidades.
Los niños y niñas que son genéticamente altos necesitan más alimentos que aquellos que son pequeños, y especialmente en las épocas de rápido crecimiento o de mucha actividad física, parece que necesitan comer a todas horas. Pero esto no es comer demasiado, es simplemente lo que necesitan.
¿Qué debemos hacer en estos casos? Ofrecerles comida siempre que tengan hambre, sin restricciones y sin forzarlos a seguir estrictamente los horarios de los adultos. Es decir, si han comido con el resto de la familia, pero una hora después tienen hambre de nuevo, deben poder volver a comer. Los mejores tentempiés en estos casos son las frutas de todo tipo (ecológicas siempre que sea posible), los frutos secos y semillas en los mayores de 5 años, el hummus con pan y/o crudités, los yogures de soja sin azúcar y los bocadillos.
Hambre emocional en la infancia
Los bebés y niños y niñas muy pequeños (hasta los 2-3 años) muy raramente comen por encima de sus necesidades. A esta edad saben instintivamente cuándo deben parar de comer y se niegan, y así debe ser, a seguir comiendo aunque se les intente dar más. Pero a partir de esta edad las cosas pueden cambiar. Muchos niños aprenden pronto, desgraciadamente, que en su familia la comida se usa como premio o que comer hace felices a los padres y abuelos. Entonces pueden comer más de lo que su hambre les dicta, para agradar a sus cuidadores o tratar de hacerles felices si los ven enfadados, tristes o estresados.
Los adultos sabemos bien qué significa comer sin tener hambre: todos lo hemos hecho, bien para consolarnos por algo malo que nos ha pasado, por aburrimiento o por ansiedad. A partir de los 5-6 años los niños y niñas también pueden mostrar estos comportamientos, especialmente si los ven a su alrededor y si en los años previos no se les enseñó a desarrollar una relación sana con la comida. En estas situaciones restringir el alimento no es la solución: hay que averiguar y corregir la causa de esta hambre emocional buscando ayuda profesional si es necesario.
Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra
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